(XXVI) La sentencia para el condenado
El programa estaba llegando a su fin. Era el momento de la audiencia, la cual tenía prácticamente colapsada la centralita.
-Tenemos una llamada -anunció el presentador-. Si, señora.
-¿Estoy en antena?
-Si, señora, está en antena y puede preguntar a nuestro invitado, Leo Salvador, lo que quiera. Adelante, está en antena.
-Bien, al principio del programa, ese señor dijo que nadie puede prohibirnos hacer lo que queremos hacer, y me gustaría decirle que no todos pueden hacer lo que quieren y que algunas personas deben trabajar para ganarse la vida y tienen la responsabilidad suficiente para no andar haciendo payasadas por las alturas.
-Las personas que trabajan para ganarse la vida hacen lo que más les placer -respondió Leo-. Lo mismo que las que se ganan la vida jugando.
-Las Escrituras dicen que ganarás el pan con el sudor de tu frente y lo comerás con dolor.
-Tambien somos libres para proceder así, si lo deseamos.
-"¡Haz lo que te placer!" Estoy harta de que personas como usted repitan "¡haz lo que te place, haz lo que te place!" Si permitimos que todos se desboquen, destruirán el mundo. Ya lo están destruyendo. ¡Usted mismo lo predica! Fíjese en lo que está ocurriendo con los bosques, con los ríos y con los océanos!
Le dió cincuenta pretextos distintos para contestar y Leo los ignoró todos.
-No impota que se destruya el mundo -dijo-. Tenemos otros mil millones de mundos para crear y elegir. Mientras la gente anhele planetas, tendrá planetas donde vivir.
No era el argumento ideal para apaciguar a su interlocutora y miré atónito a Leo. Éste sustentaba su punto de vista particular, que abarcaba la perspectiva de incontables ciclos vitales y de los conocimientos que sólo un maestro puede recordar. Naturalmente, su interlocutora suponía que la discusión giraba en torno de la realidad de este único mundo, donde el nacimiento y la muerte es el fin. Él lo sabía... ¿por qué entonces no lo tomaba en consideración?
-Todo anda a las mil maravillas, ¿no es cierto? -exclamó la polemista por el teléfono-. En este mundo no existe la maldad, el pecado no prospera alrededor de nosotros. Eso no lo inquieta, ¿verdad?
-No hay ningún motivo para que nos afanemos por eso, señora. Vemos sólo una partícula del todo que es la vida, y esa única partícula es falsa. Todo se equilibra, y nadie sufre y nadie muere sin su consentimiento. Nadie hace lo que no quiere hacer. No existen ni el bien ni el mal, fuera de lo que nos hace felices y de lo que nos hace desdichados.
Nada de eso contribuía a calmar a la dama. Pero ella cambió bruscamente de tono y se limitó a preguntar:
-¿Cómo sabe todo eso? ¿Cómo sabe que lo que dice es cierto?
-No sé que es cierto -respondió Leo-. Lo creo simplemente porque me complace creerlo.
Entrecerrè los ojos. Podría haber dicho que lo había ensayado y que daba resultado: las curaciones, los milagros, la vida práctica que convertía sus ideas en hechos ciertos y viables. Pero no lo dijo. ¿Por qué?
Existía una razón. Yo conservaba los ojos entreabiertos y veía casi todo el plató como una mancha gris, con la imagen borrosa de Leo recostado sobre su silla. Enunciaba todos estos conceptos directamente, sin dar alternativas, sin hacer ningún esfuerzo para que sus pobres oyentes lo entendieran.
-Quienes han sobresalido, quienes han sido felices, quienes han dejado una herencia útil al mundo, han sido en su totalidad almas divinamente egoístas, que vivían pensando en su propio provecho. Sin excepción.
Luego llamó un hombre.
-¡Egoísta! ¿No le ha quedado claro, señor, quién es el Anticristo?
Leo sonrió fugazmente y se acomodó en su asiento, como si conociese personalmente a su interlocutor.
-Tal ver pueda usted refrescarme la memoria.
-Cristo dijo que debemos vivir para nuestro prójimo. El Anticristo dice que seamos egoístas, que vivamos para nosotros mismos y que dejemos que el prójimo se vaya al infierno.
-O al cielo, o a donde tenga ganas de ir.
-Es usted una persona peligrosa, ¿sabe? ¿Qué sucedería si todos le escucharan e hicieran lo que se les antojase? ¿Qué cree que ocurriría en ese caso?
-Pienso que probablemente nuestro planeta sería el más venturoso de esta región de la galaxia -contestó.
-Presiento que no me gustaría que mis hijos escucharan lo que usted está diciendo.
-¿Qué desean escuchar sus hijos?
-Si todos somos libres de hacer lo que se nos antoja, entonces yo soy libre de ir a ese plató con mi escopeta y de volarle en directo su estúpida cabeza.
-Desde luego que es libre de hacerlo.
La comunicación se cortó secamente. En algún lugar de la ciudad había cuanto menos un hombre indignado. Los otros, y las muchas mujeres coléricas, seguían llamando.
No era lógico que las cosas hubieran tomado ese rumbo. Podría haber dicho lo mismo, con otras palabras, sin irritar a nadie.
Volvía a invadirme la misma sensación que había experimentado en el pueblo en el que la multitud se desbocó y le rodeó. Era hora, evidentemente era hora, de que tomáramos el portante.
El presentador había dicho a todo el mundo quiénes éramos, que nuestros aviones estaban posados en el campo de la iglesia, y que pasábamos la noche debajo del ala.
Captaba las vibraciones de la ira de los interlocutores y de alguna gente del público de plató, temerosos por la moral de sus hijos y por el futuro del modo de vida civilizado, y nada de eso me hacía feliz. Faltaba media hora para que terminara el programa y las cosas iban de mal en peor.
-¿Sabe una cosa? Creo que es usted un farsante -dijo el autor de la llamada siguiente.
-Claro que lo soy. Todos somos farsantes en este mundo, todos fingimos algo que no somos. No somos organismos que nos movemos de un lado a otro, no somos átomos y moléculas. Somos ideas inmortales e indestructibles de lo que Es, aunque estemos convencidos de otra cosa.
Él habría sido el primero en recordarme que yo era libre de irme, si no me gustaba lo que decía, y se habría reido de mi temor de que una turba de linchadores nos estuviera esperando con antorchas junto a los aviones.
Comentarios
Publicar un comentario