(XXV) La Inquisición
La entrevista a Leo estaba siendo un rotundo éxito de audiencia. Él se había mantenido como suele ser habitual: sereno y comedido. Hasta que el escenario cambió y entró en escena un nuevo invitado.
- Esta noche está con nosotros el padre Daniel Keane -anunció el presentador.
El sacerdote medía cerca de dos metros, era ancho como una puerta y tenía la cabeza toscamente esculpida que podría pertenecer pertenecer a un estibador o a un camionero. Además de sacerdote, era arqueólogo y psiquiatra.
Saludó a Leo con una cordialidad poco convincente, para luego decir:
- Permítanme comenzar explicando qué no hago aquí. No estoy en este plató de televisión como emisario del Vaticano. Si lo estuviera, lo notarían por mi aspecto: llevaría traje negro y alzacuello. Es cierto, por otra parte, que fui enviado por mi orden como respuesta a la invitación de la cadena. Pero no como misionero o polemista. No estoy aquí para convertir a nadie ni para defender la Fe. Estoy aquí para conversar, escuchar y comprender.
- ¿Qué orden? - preguntó Leo.
- Los laurentinos - respondió el presentador. Y explicó que era una orden de educadores similar a la de los jesuitas.
- ¿Por qué quieren los laurentinos "entender" a Leo Salvador? ¿Por qué ellos y no los dominicos o los franciscanos? - preguntó Leo, con el cejo fruncido.
- Me temo que no puedo hablar por los dominicos o los franciscanos. En tal caso, la pregunta que la responda el programa.
- Bien - insistió Leo-. Mi pregunta es: ¿por qué sienten curiosidad los laurentinos? Supongo que puede hablar por ellos.
- La pregunta resulta un poco ambigua -respondió-. ¿Quiere saber por qué alguien de la Iglesia tiene curiosidad, o por qué los laurentinos en particular tienen curiosidad?
- ¿Son respuestas diferentes?
- Sí, lo son.
- Pues bien -intervino el presentador-, comience por decirnos por qué alguien de la Iglesia siente curiosidad.
- Evidentemente, el señor Salvador llama la atención en el terreno religioso, es por eso.
- De acuerdo. Ahora dígale a la audiencia por qué tienen curiosidad los laurentinos -insistió el presentador.
- Les voy a contestar sin rodeos: nos gusta adelantarnos a los demás. Nos gusta ser un poco más ágiles, un poco más observadores, un poco más curiosos y un poco más ávidos, para que nuestra curiosidad se vea satisfecha.
- Exploradores -añadió Leo.
- Es así como nos gusta vernos a nosotros mismos. ¿Es reprensible?
Leo sonrió y negó con la cabeza. Miró al presentador, y dijo:
- Los lobos realmente listos saben que el lobo más sospechoso de la manada es el que va disfrazado de oveja.
- ¿Qué quiere decir con eso? ¿Que los lobos realmente listos no tontean con disfraces?
Leo paseó la mirada por el público, y dijo:
- En realidad, los lobos listos se disfrazan de lobos bondadosos.
- Usted asegura que el mundo al que pertenezco está extinguido -dijo el sacerdote-. Pero nosotros, los guardianes de la fe, los profesionales, sabemos cómo resolver las dudas de la gente. Somos en gran medida consoladores profesionales, tranquilizadores profesionales, disipadores profesionales de la duda.
Leo asintió, para hacerle saber al padre Keane que comprendía.
- Nuestro mensaje esta noche, para aquellos a quienes debemos tranquilizar es: "No os preocupéis, no ha pasado nada, el mundo sigue siendo lo que era. No estéis inquietos ni alarmados por el mensaje de Leo Salvador. Los cimientos son sólidos, los pilares siguen firmes. Nada ha cambiado desde... el año 1000, el año 200, el año 33, cuando el Señor abrió las puertas del cielo para nosotros, Alguien que dió su vida por nuestros pecados y que al tercer día resucitó de entre los muertos.
El presentador observó a Leo, que pestañeó y asintió con la cabeza.
- Usted preguntó por qué mis superiores se interesan por Leo Salvador. Y yo lo explico: están interesados porque estos días son todavía aquellos días. Nada ha cambiado. Los cimientos son sólidos, los pilares todavía son firmes.
- ¿Puede aclararnos esto, padre Keane? -dijo el presentador.
- Les agradecería que omitieran mi título -dijo el sacerdote, a la vez que miraba de reojo a las bancadas del público-. Al llamarme padre Keane insisten en mi condición de persona ajena al debate, de alguien puesto a prueba.
- Disculpe -dijo el presentador con amabilidad-. ¿Cómo quiere que le llamemos?
- Preferiría que me llamaran por mi nombre de pila, Daniel.
- ¿Está de acuerdo, Leo?
- Para mí está bien -respondió con indiferencia.
- De acuerdo -aceptó el sacerdote-. Hace cuatrocientos años, cuando nuestra orden fue fundada para defender a la Iglesia de las fuerzas de la Reforma, se hizo cargo de una misión adicional, excepcional, poco comentada en siglos recientes. Esa misión era mantener una vigilancia especial, una observación especial: debíamos ser los primeros en reconocer al Anticristo.
Un silencio sepulcral se cernió sobre el plató, finalmente interrumpido por el presentador, quien con voz ronca dijo:
-Seguramente está bromeando.
- Si piensa eso -dijo el padre Keane-, es que no ha estado escuchando. Estos días son todavía aquellos días.
- ¿Quiere decir que los laurentinos todavía ejercen esa vigilancia? -insistió el presentador.
- Así es.
- Pero no son más que tonterías. Es lo que el populacho dice en las calles.
- Para ellos también estos días siguen siendo aquellos días.
El presentador se dirigió a Leo, y dijo:
- Usted puede negar ante la audiencia que es el Anticristo.
- ¿Negarlo, cómo? ¿Cree que debo hacer circular mi partida de nacimiento para demostrar que soy una persona totalmente corriente?
- Puede atacar la idea misma.
- ¿Con qué fundamento? Si es concebible postular la existencia de un Cristo, como obviamente lo es, entonces, ¿por qué no debería ser concebible postular su antítesis?
- ¿Es usted su antítesis?
- Ellos piensan que lo soy...-dijo Leo, mirando fijamente al padre Keane.
- Quienes no hemos sido educados en ambientes religiosos -dijo el presentador-, creo que siempre supusimos que el Anticristo era más una persona simbólica que real, como Mammón o Pandora.
- No es en absoluto una pregunta fácil o evidente -respondió el padre Keane-, pero trataré de explicarlo. El Anticristo es una figura central en la historia mitológica del cosmos tal como se entendía éste en épocas lejanas...en nuestra cultura, como diría el señor Leo. La cultura de la Gran Mentira percibía el universo y la humanidad como productos de un único esfuerzo creativo que había ocurrido sólo unos miles de años antes. Percibía los sucesos de la historia humana como sucesos centrales del universo mismo, que se desplegaban sobre un periodo relativamente breve. Sólo un par de cientos de generaciones de seres humanos había vivido desde el comienzo del tiempo, y se creía que sólo vivirían un par de cientos más antes del fin del tiempo... quizá menos que eso. Es importante darse cuenta de que la gente de aquel período no concebía la idea de un universo de miles de millones de años y con más miles de millones de años por delante. Tal como ellos lo imaginaban, el drama cósmico tenía tan sólo unos miles de años...y no estaba lejos de terminarse. El tema central de este drama cósmico era la lucha entre el bien y el mal que se libraba en este planeta. Para los judíos, que eran probablemente los mitologistas religiosos más poderosos de su tiempo, el tema sería resuelto por dos paladines. El paladín de Dios, el mesías, era esperado de un momento a otro y su aparición marcaría el comienzo de los días finales. También aparecería un adversario: el paladín de Satán, un Hombre del Pecado. Los dos paladines se enfrentarían en una lucha, las fuerzas del mal serían vencidas, y la historia y el universo llegarían a su fin.
"Los primeros autores cristianos tenían la misma visión de la historia, pero para ellos, por supuesto, el mesías ya había llegado y lo que faltaba era la llegada del Hombre del Pecado. Y como el mesías se había llamado Cristo, su adversario sería Anticristo. Desde el momento en que la misión del mesías fue evidente, la misión de su adversario lo fue también. Puesto que Cristo había venido para conducir a toda la humanidad hacia Dios, el Anticristo vendría para conducir a toda la humanidad hacia Satán. Y el Anticristo no fracasaría, así como Cristo no había fracasado. El Anticristo sería amado y seguido tan fervientemente como Cristo... pero sólo durante cierto tiempo, claro. En última instancia, después de una batalla universal, las fuerzas de Dios triunfarian, concluyendo así la historia.
"Está clara concepción del Anticristo se volvió confusa y se trivializó en los siglos siguientes a medida que una generación tras otra encontraba a alguien a quien acusar con ese nombre. Cualquiera que fuera odiado o temido por muchos podía esperar ser llamado el Anticristo, y con el tiempo los dos bandos de la Reforma tuvieron que cargar con el título. Después de ese periodo, desde el siglo XVII en adelante, la gente empezó a estar harta del concepto mismo. Cada generación sigue proponiendo su propio candidato: Napoleón, o Hitler o Sadam Husein, pero nadie lo toma muy en serio.
Un silencio inquieto acogió el resumen del laurentino. Todos en plató parecieron divagar mentalmente durante un minuto y medio más o menos, hasta que el presentador estuvo listo para continuar.
-Puedo entender por qué nadie lo toma en serio -dijo-. Lo que no puedo entender es por qué usted sí. Usted y su orden.
El padre Keane admitió que era una buena pregunta. De hecho, lo admitió de varías maneras mientras se esforzaba por imaginar cómo explicar por qué era posible seguir tomando al Anticristo en serio. Finalmente dijo:
-Esta situación fue prevista por el antiguo teólogo cristiano Orígenes. No me refiero a esta situación concreta; quiero decir que lo que previó es aplicable a esta situación. Dijo, en efecto, que cada generación produciría precursores y prefiguraciónes del Anticristo, y éstos merecerían el nombre en tanto que encarnarian el espíritu del Anticristo. Entre todos éstos, finalmente llegaría uno que merecería el nombre en sentido pleno. A causa de este último, los laurentinos mantenemos nuestra vigilancia.
-¿Qué significa eso de <uno que merecería el nombre en sentido pleno>?
-Es eso precisamente lo que no puede saberse de antemano. Sólo podrá saberse cuando suceda. Es decir, cuando veamos al verdadero Anticristo, entonces sabremos lo que el nombre significa. En ese momento nos diremos: "¿Cómo pudimos imaginar que Nerón era el Anticristo, o el Papa, o Lutero, o Hitler?". El verdadero Anticristo nos revelará el significado de la profecía misma. En realidad es así como lo conoceremos. Él será quién nos indique qué significa ser el Anticristo.
El silencio que siguió a este discurso fue aún más estremecedor que el anterior. Por fin el presentador despidió al padre Keane y dió paso a la publicidad.
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