(XXIII) En el centro del huracán
En el programa de máxima audiencia de la televisión nacional tuve ocasión de conocer a un Leo Salvador para mí desconocido. El programa empezó a las diez de la noche y se prolongó hasta las dos y media de la madrugada. Se difundía desde un plató con capacidad para unas trescientas personas.
Durante la presentación, Leo permanecía relajado y parecía completamente concentrado en sus pensamientos. Una docena de invitados miraban a mi amigo con interés educado. Cuando el vídeo de introducción concluyó, el presentador dijo:
- Les presento a Leo Salvador, mesías y piloto.
Le preguntó en primer término si no era hasta cierto punto ilegal volar por el país en un avión antiguo, recogiendo pasajeros.
La respuesta debería haber sido negativa. No había nada de ilegal en eso, y los aviones eran inspeccionados tan escrupulosamente como cualquier reactor de transporte. Eran más seguros y resistentes que la mayoría de los aviones modernos de metal laminado, y lo único que hacía falta era la matrícula y la autorización del dueño del campo. Pero Leo no dijo nada de eso.
- Nadie puede prohibirnos que hagamos lo que queremos hacer -respondió.
Lo cual era muy cierto, pero implicaba una falta de tacto, siendo así que hablaba al público de la televisión, ansiosos por saber qué significaba esa historia del mesías y de los aviones que andaban por todas partes.
- Todavía estamos debatiendo la pregunta que se planteó al final del vídeo de presentación, acerca de la necesidad de un programa. ¿Cómo la hubiera respondido usted?
- Me temo que no la recuerdo.
- En esencia, quien hizo la pregunta inquirió qué deberíamos hacer ahora que vemos que nuestra civilización avanza hacia la autodestrucción.
- Si el mundo se salva, será salvado por gente con mentalidad nueva, gente con una nueva visión. No lo salvará gente con mentalidad vieja y programas nuevos, ni gente con una visión vieja y un programa nuevo.
- No estoy seguro de conocer la diferencia entre una visión y un programa.
- Reciclar es un programa -explicó Leo-. Apoyar una legislación que beneficie al planeta es un programa. No sé necesita una visión nueva para comprometerse con estos programas.
- ¿Está diciendo que estos programas son una pérdida de tiempo?
- De ninguna manera, aunque sí tienden a crear en la gente un falso sentimiento de progreso y esperanza. Los programas se inician para oponerse o derrotar a una visión.
- Déme un ejemplo de lo que quiere decir usted con visión.
- La visión de nuestra cultura defiende el aislamiento, por ejemplo. Defiende un hogar separado para cada familia. Defiende los cerrojos en las puertas. Defiende enérgicamente el quedarse aislado detrás de las puertas cerradas viendo el mundo electrónicamente. Como las cosas son así, no se necesitan programas para alentar a la gente a que se quede en casa viendo la televisión. En cambio, si uno quiere que la gente apague el televisor y salga de su casa, se necesita un programa.
- Entiendo... creo.
- El aislamiento está apoyado por la visión, de manera que éste se cuida solo, pero la formación de una comunidad no lo está, y por lo tanto necesita estar apoyada por programas. Los programas circulan invariablemente en dirección contraria a la visión y en consecuencia se tienen que endosar a la gente...se tienen que "vender". Por ejemplo, si se quiere que la gente viva con sencillez, que reduzca el consumo, que reutilice y recicle, hay que crear programas que fomenten estos comportamientos. Pero si se quiere que consuman mucho y derrochen sin cesar, no se necesita crear programas de estímulo, puesto que estos comportamientos están apoyados por nuestra visión cultural.
- Creo que le entiendo. La visión es un río que fluye. Los programas son estacas clavadas en el lecho del río para impedir que fluya. Lo que usted está diciendo es que el mundo no será salvado por gente con programas. Si el mundo se salva, se salvará cuando la gente que lo habita tenga una nueva visión.
- Perfectamente expuesto -dijo Leo.
Uno de los invitados intervino y dijo:
- En otras palabras, la gente con una nueva visión tendrá nuevos programas.
Leo movió negativamente la cabeza, en clara señal de disgusto.
- No, eso no es lo que estoy diciendo. Repito: la visión no necesita programas. La visión, como bien dijo el presentador, es el río que fluye. La revolución industrial fue un río que fluia. No se necesitaron programas para ponerla en marcha y mantenerla en movimiento.
- Pero no fluía desde siempre.
- Exacto. No era un río en el siglo II, ni en el VIII, ni en el XIII. No había indicios del río en esos siglos. Pero, una detrás de otra, surgieron diminutas fuentes burbujeantes y comenzaron a manar juntas, década tras década, siglo tras siglo. En el siglo XV era un hilo de agua, en el XVI se convirtió en arroyo. En el XVII se convirtió en riachuelo y en el XVIII se convirtió en río. En el XIX pasó a ser un torrente. En el XX llegó a ser una inundación que anegó el mundo entero. Y durante todo este tiempo no hizo falta un solo programa para fomentar su desarrollo. Cobró vida y se sostuvo e intensificó exclusivamente por medio de la visión.
- Comprendo.
- Un indicio de nuestro derrumbamiento cultural es que apoyar nuestra visión haya llegado a considerarse perverso, mientras que tratar de minarla se considere noble. Por ejemplo, a los niños, en la escuela, nunca se les incita a desear las recompensas materiales del éxito. El éxito es algo que debe buscarse por sí mismo, en ningún caso por la riqueza que pueda proporcionar. Los dirigentes empresariales podrían presentarse como modelos por su "creatividad" y su "contribución a la sociedad". Pero nunca serían presentados como modelos ideales de conducta porque tienen casas lujosas, coches carísimos y criados para satisfacer todas sus necesidades. En los libros de texto de nuestros hijos, una persona admirable no haría nada sólo por dinero.
- Sí, supongo que tiene usted razón.
- A la gente de nuestra civilización le gusta "morder balas". Para quienes no estén familiarizados con esta expresión, diré que "morder la bala" equivale a tener buenas tragaderas y sirve en teoría para soportar el dolor. Primero tratamos de evitar el dolor, pero si éste es inevitable, hay que "morder la bala". Para la mayoría de quienes escriben y piensan sobre nuestro futuro, es una conclusión inevitable que todos tengamos que morder la bala con mucha fuerza para sobrevivir. A estos pensadores y escritores no se les ocurre que sería mucho menos doloroso empezar de nuevo. Tal como ellos lo ven, nuestra misión es apretar los dientes y aferrarnos fielmente a la visión que nos está destruyendo. A su modo de ver, nuestro destino es darnos de martillazos en la cabeza con una mano mientras usamos la otra para tomar aspirinas que nos calmen el dolor.
Otro invitado le preguntó:
- ¿Es tan fácil cambiar una visión cultural?
- No puede medirse por su facilidad o su dificultad. Las medidas pertinentes son la predisposición o la no predisposición. Si no es el momento indicado para una idea nueva, no existe poder en el mundo capaz de hacerla cuajar, pero si es el momento indicado, se extenderá por el mundo como un reguero de pólvora. El pueblo de Roma estaba preparado para escuchar lo que san Pablo tenía que decirle. Si no lo hubiera estado, el santo habría desaparecido sin dejar rastro y su nombre nos sería desconocido.
- El cristianismo no se extendió precisamente como un reguero de pólvora.
- Considerando la velocidad a la que era posible propagar ideas nuevas en aquellos tiempos, sin imprenta, radio, televisión ni internet, se extendió como un reguero de pólvora.
- Visto de ese modo, tiene usted razón.
- Lo que quiero dejar claro en este punto es que no tengo la menor idea de qué hará la gente cuando haya cambiado de mentalidad. Pablo estaba en la misma situación cuando recorría el Imperio transformando puntos de vista en la mitad del siglo I. No pudo de ninguna manera prever la evolución institucional del papado o el estado de la sociedad cristiana en la Europa feudal. Contrasta con esto el caso de uno de los primeros escritores de ciencia ficción, Julio Verne, que pudo hacer excelentes predicciones con un siglo de antelación porque nada cambió entre su época y la nuestra en lo que se refiere a la visión de las cosas. Si la gente del siglo venidero tiene una visión distinta, entonces hará algo que es completamente imprevisible para nosotros. En realidad, si no fuera así, si sus acciones fueran previsibles, se probaría entonces que después de todo no tenían ninguna visión distinta, y que su visión y la nuestra eran esencialmente la misma.
Otro invitado, inquirió:
- Pues a mí me parece que usted sí tiene un programa. Su intención es cambiar la mentalidad.
- ¿Diría usted que Pablo tenía un programa?
- No, en realidad no. Diría que tenía un objetivo o una intención.
- Yo diría lo mismo de mí. Programa no es la palabra indicada para lo que estoy haciendo. En este momento, en nuestra cultura, el río fluye en dirección a la catástrofe, y los programas son estacas clavadas en el lecho del río para obstruir su curso. Mi objetivo es cambiar la dirección de la corriente, desviarla de la catástrofe. Si el río discurriera en una nueva dirección, la gente no tendría que crear programas para impedir que fluya y todos los programas que existen actualmente quedarían clavados en el barro, a la vez innecesarios e inútiles.
- Muy ambicioso.
- Puede decir que mis delirios son mesiánicos -dijo Leo con una sonrisa-. Otros ya lo han hecho... los que me acusan de ser el Anticristo.
Esas palabras de Leo produjeron una conmoción entre el público. Momento que aprovechó el programa para meter la publicidad.
La mayoría de los allí presentes no entendían muy bien qué tenía que ver el Anticristo con todo eso, pero era porque no habían oído lo suficiente hasta sacar conclusiones lógicas.
Leo los había pillado. No cabía la menor duda. O al menos, eso pensé entonces.
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