(XXII) El sonido del Universo

   Las ferreterías ocupan siempre locales largos, atestados de estanterías que se extienden hasta el infinito.

   Estaba en la ferretería del pueblo, en los lugares más remotos, casi en la penumbra, buscando tuercas y tornillos de 3/8 de pulgada y arandelas de muelle para el patín de cola del Fleet. Leo miraba pacientemente mientras yo exploraba. Él, desde luego, no necesitaba ningún artículo de ferretería. Pensé que toda la economía se desmoronaria si todos fuéramos como Él y pudiéramos fabricar lo que se nos ocurriera con la ayuda exclusiva de las imágenes mentales y el aire circundante, y reparar cualquier cosa sin piezas de recambio ni trabajo.

   Por fin encontré la media docena de tornillos que necesitaba y volví con ellos al mostrador, donde el propietario difundía una música suave.

   Repantigado en su taburete de madera, detrás del mostrador, el propietario observaba al mesías del siglo XXI mientras éste hacía vibrar las notas en una guitarra barata de seis cuerdas tomada de un estante. Era un sonido hermoso y yo permanecí en silencio mientras pagaba y me sentía perseguido nuevamente por la melodía. 

   - ¡Es maravilloso, Leo! ¡No sabía que supieras tocar la guitarra!

   - ¿No lo sabías? Entonces es que piensas que, si alguien se hubiera acercado a Krishna o a Jesucristo con una guitarra, éstos habrían contestado "no sé tocarla"? ¿Lo habrían hecho?

   Leo dejó la guitarra en su lugar y salió conmigo a la calle soleada.

   - ¿O piensas -continuó-, que si alguien interpelara en mandarín o en arameo a un maestro digno de su aura, podría suceder que éste no entendiera lo que le dicen?

   - ¿De modo que en verdad lo sabes todo, eh?

   - Tú también lo sabes, claro. Sencillamente, sé que lo sé todo.

   - ¿Podría tocar así la guitarra?

   - No, tendrías tu propio estilo, diferente del mío.

   - ¿Cómo iba a hacerlo? -no pensaba volver corriendo a la tienda y comprar la guitarra. Sólo le preguntaba por curiosidad.

   - Bastará que deseches todas tus inhibiciones y todas tus certidumbres de que no puedes tocar. Pulsa el instrumento como si fuera parte de tu vida, cosa que es en realidad, dentro de otra existencia alternativa. Convéncete de que es lógico que lo toques correctamente, y deja que tu personalidad inconsciente se adueñe de tus dedos y arranque la melodía.

   Había leído algo sobre el tema: el aprendizaje hipnótico, sistema que consistía en inculcar a los alumnos la idea de que dominaban el arte, merced a lo cual ejecutaban música, o pintaban o escribían como artistas magistrales.

   - Es difícil, Leo, renunciar a mi convicción de que no sé tocar la guitarra.

   - Entonces te resultará difícil tocarla. Necesitarás años de práctica para autorizarte a hacerlo bien, para que tu subconsciente te diga que has sufrido bastante y que te has ganado el derecho a hacerlo bien.

   - ¿Por qué tardé tan poco en aprender a volar? Eso es difícil, pero yo aprendí enseguida.

   - ¿Querías volar?

   - ¡Era lo único que me interesaba! ¡Más que cualquier otra cosa! Veía las nubes debajo de mí, y el humo de las chimeneas que se elevaba rectamente en medio de la placidez matinal, y veía... Ah. Ya entiendo. Vas a decir: "Nunca has alimentado el mismo sentimiento respecto de las guitarras, ¿no es cierto?"

   - Nunca has alimentado el mismo sentimiento respecto de las guitarras, ¿no es cierto?

   - Y esta sensación de zozobra que experimento ahora, Leo, me dice que así aprendiste a volar. Un día subiste sencillamente al Travel Air y lo pilotaste. Nunca habías estado antes en un avión.

   - Vaya, sí que eres intuitivo.

   - ¿No tuviste que presentarte al examen para obtener el carnet? No, espera. Ni siquiera tienes carnet, ¿verdad? Un carnet oficial de piloto.

   Me miró con expresión extraña, con un atisbo de sonrisa, como si le hubiera desafiado a mostrar el carnet y él pudiera exhibirlo.

   - ¿Te refieres a la hoja de papel, José Manuel? ¿Hablas de ese tipo de permiso?

   - Sí, a la hoja de papel.

   No se metió la mano en el bolsillo, ni sacó la cartera. Se limitó a abrir la mano derecha. Allí estaba el permiso de piloto, como si lo hubiera llevado constantemente consigo a la espera de que yo se lo pidiese. No estaba estropeado ni doblado, y pensé que no tenía ni diez minutos de existencia.

   Pero lo cogí y lo examiné. Era un permiso oficial de piloto, con el sello oficial, autorizado para pilotar mono y polimotores, y planeadores. 

   - ¿No puedes pilotar hidroaviones ni helicópteros?

   - Lo tendré si me hace falta -respondió, con un tono tan enigmático que me eché a reír antes que él. El individuo que barría la acera nos miró y también sonrió.

   - ¿Y yo? -pregunté-. Quiero mi autorización para pilotar aviones de transporte.

   - Tendrás que arreglártelas tu sólo -respondió.

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