(XIX) Una clase de magnetización

   Y nunca te sientes solo, Leo? -fue en el café de un pueblo cualquiera del mundo, donde se me ocurrió hacerle esa pregunta.

   -Me sorprende que...

   - Calla -dije-. No he terminado la pregunta. ¿Nunca te sientes un poquitín solo?

   - Lo que tú interpretas como...

   - Espera. A todas esas personas las vemos apenas durante unos pocos minutos. Alguna que otra vez aparece un rostro en la multitud, una hermosa mujer radiante, que me hace sentir deseos de quedarme y presentarme, de permanecer quieto, estático, conversando. Pero vuela conmigo diez minutos, o no vuela, y desaparece y al día siguiente parto rumbo a otro lugar y jamás vuelvo a verla. Ésa es la soledad. Aunque supongo que no puedo encontrar amigos perdurables cuando yo mismo soy un individuo efímero.

   Permaneció callado.

   - ¿O acaso sí puedo?

   - ¿Puedo hablar ya?

   - Supongo que sí.

   En aquel café servían unos bocadillos en pan rústico con un montón de semillas de sésamo...pequeñas e inútiles, pero los bocadillos eran sabrosos. Comió un rato en silencio y yo le imité, preguntándome qué diría.

   - Bien, José Manuel, somos imanes, ¿verdad? No, imanes no. Somos hierros, envueltos en alambres de cobre, y cada vez que queremos magnetizarnos podemos lograrlo. Hacemos fluir nuestro voltaje interior por el alambre y atraemos a quienes deseamos atraer. Al imán no le inquieta la técnica de su funcionamiento. Es él mismo, y por su naturaleza atrae algunos elementos y deja otros intactos.

   Tomé un sorbo de café y lo miré con el entrecejo fruncido.

   - Olvidaste un detalle. ¿Cómo lo hago?

   - No haces nada. La ley cósmica, ¿recuerdas? Los semejantes se atraen. Limitate a desplegar tu propia personalidad, serena y transparente y luminosa. Cuando irradiamos lo que somos, preguntándonos a cada instante si lo que hacemos es lo que deseamos hacer y haciéndolo sólo cuando la respuesta es afirmativa, nuestra actitud rechaza automáticamente a quienes nada tienen que aprender de lo que somos y atrae a quienes sí tienen algo que aprender, que son los mismos de quienes nosotros a la vez aprendemos.

   - Pero para eso se necesita mucha fe, y mientras tanto te sientes muy solo.

   Me miró enigmáticamente por encima del bocadillo.

   - La fe es una patraña. No se necesita un ápice de fe. Lo que se necesita es Imaginación -barrió con la mano el tramo de mesa que nos separaba, apartando los platos, los vasos, las tazas del café, hasta que terminé de preguntarme qué iba a suceder, qué se iba a materializar delante de mis ojos-. Si tienes una imaginación del tamaño de una semilla de sésamo -continuó, empujando hasta el centro de la mesa una semilla de muestra-, todo será posible para ti.

   Estudié la semilla de sésamo y luego lo observé a él.

   - Ojalá los mesías celebréis un cónclave y os pongáis de acuerdo. Yo siempre pensé que la clave era la fe cuando el mundo se vuelve contra mí.

   - No. Mientras estaba en funciones intenté corregir ese error, pero fue una larga lucha llamada al fracaso. Hace dos mil años, cinco mil, carecían de una palabra para designar la imaginación, y no encontraron nada mejor que la fe para catequizar a una solemne legión de epígonos. Tampoco tenían semillas de sésamo.

   Sabía muy bien que tenían semillas de sésamo, pero pasé por alto el embuste.

   - ¿Debo imaginar esta magnetización? ¿Debo imaginar a una bella y sabia damisela mística que aparece en medio de la multitud, en un campo de hierba del lugar que yo deseé? Puedo hacerlo, pero eso es todo... sólo mi imaginación.

   Con expresión desesperada, elevó los ojos al cielo, simbolizado en ese momento por el techo de la cafetería.

   - ¿Sólo tu imaginación? ¡Claro que es tu imaginación! El mundo es tu imaginación, ¿o ya lo has olvidado? Dónde está tu pensamiento, allí está tu experiencia; El hombre es lo que piensa; Aquello que temía es lo que me sobreviene; Cómo encontrar amigos siendo lo que eres. El hecho de que imagines no modifica un ápice el Es, no afecta en absoluto a la realidad. Pero estamos hablando de los mundos de Warner brothers, de las vidas de MGM, y cada segundo de los unos y las otras está compuesto por ilusiones e imaginaciones. Todos son sueños con los símbolos que quienes soñamos despiertos evocamos para nosotros mismos -alineó el cuchillo y el tenedor como si estuviera construyendo un puente desde su sitio al mío-. ¿Te preguntas qué dicen tus sueños? Tanto daría que miraras los objetos de tu vigilia y te preguntases lo que significan. Tú, que siempre estás rodeado de aviones.

   - Sí, Leo, ya está bien -roguè que frenara, que no me atestara ese cúmulo de conceptos simultáneamente. Cuando se trata de nuevas ideas, una velocidad de un kilómetro por minuto es excesiva.

   - Si soñaras con aviones, ¿qué significaría eso para tí?

   - Ah, la libertad. Los sueños con aviones significan evasión, vuelo, emancipación.

   - No debo aclarártelo más. Lo que sueñas despierto encierra el mismo significado: el anhelo de liberarte de todo lo que te sujeta: la rutina, la autoridad, el hastío, la solemnidad. Lo que no has entendido es que ya eres libre, y siempre lo has sido. Si tuvieras la mitad de las semillas de sésamo que tiene esto... serías el dueño supremo de tu vida de mago. ¡Sólo Imaginación! ¿Qué dices?

   A ratos, la camarera le miraba con expresión extraña, sin dejar de secar los platos, preguntándose de quién se trataba.

   - ¿De modo que nunca te sientes solo, Leo? -insistí.

   - A menos que eso sea lo que desee. Tengo amigos en otras dimensiones que me hacen compañía alguna que otra vez. Tú también los tienes.

   - No. Me refiero a esta dimensión, a este mundo. Muéstrame de qué se trata, haz un pequeño milagro con el imán. Quiero aprenderlo.

   - Enséñamelo tú -dijo-. Para corporizar cualquier cosa en tu vida, imagina que ya está allí.

   - ¿Qué, por ejemplo? ¿Acaso mi damisela solitaria?

   - Cualquier cosa. No tu damisela. Algo pequeño para empezar. Algo inusitado.

   - ¿Y tengo que practicar ahora?

   - Sí.

   - Bueno...una pluma azul.

   - ¿Qué has dicho, José Manuel? ¿Una pluma azul?

   - Cualquier cosa, dijiste. No una damisela, sino algo pequeño.

   Se encogió de hombros.

   - Muy bien. Una pluma azul. Imagina la pluma. Figúratela claramente, con todas sus vetas y bordes, la punta, los desgarrones en la V, la pelusa que circunda el cañón. Sólo un minuto. Después déjala pasar.

   Cerré los ojos durante un minuto y forjé una imágen mental: quince centímetros de longitud, de color azul, iridiscente virando a plateado en los bordes. Una pluma nítida y refulgente que flota en la oscuridad.

   Rodeé mi pluma con un halo dorado.

   - Ya.

   - Muy bien. Ya puedes abrir los ojos.

   Abrí los ojos.

   - ¿Dónde está mi pluma?

   - Si estaba patente en tu pensamiento, en este momento arremete hacia ti como un tanque de combate.

   - ¿Mi pluma? ¿Como un tanque?

   - Hablo en sentido figurado, José Manuel.

   Durante toda esa tarde aguardé la aparición de la pluma. No llegó. Fue por la noche, a la hora de cenar un bocadillo caliente de jamón asado, cuando la vi. Una ilustración y una leyenda en tipografía pequeña, impresa sobre el recipiente de leche.

   - ¡Leo! ¡Mi pluma!

   Miró y se encogió de hombros.

   - Pensé que querías una pluma de verdad.

   - Bueno, cualquier pluma sirve para empezar, ¿no te parece?

   - ¿Viste solamente la pluma, o la sostenías en la mano?

   - La pluma sola.

   - Eso lo explica. Si deseas estar junto con lo que magnetizas, debes introducirte también en la imagen. Disculpa que no te lo dijera.

   Me invadió una sensación extraña y escalofriante. ¡Lo había logrado! ¡Había magnetizado conscientemente mi primer objeto!

   - Hoy una pluma -exclamè- ¡Mañana, el mundo!

   - Ten cuidado, José Manuel -dijo premonitoriamente-, o lo lamentarás...

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