(XI) El Anticristo

   Desperté a un nuevo día sin demasiadas ganas de conversar. Aunque no lo expresaba a viva voz, mi aturdimiento era palpable: la historia sagrada de mis padres y de mis ancestros había quedado reducida a cenizas.

   Leo sabía de mi estado de ánimo, pero no dijo una sola palabra. Èl pretendía que esa necesidad de tener una historia sagrada creciera conmigo desde las profundidades de mi alma, como un recuerdo de épocas primigènias en las que el ser humano gozaba de libertad, y que cautivaba con la luz de su espíritu los objetos que lo rodeaban. Leo, dotado y conocedor de esa memoria, se puso a esperar, porque adivinaba dentro de mí, adormecidos pero capaces de despertar, los gérmenes que dejaron esas épocas borradas por los fundadores de nuestra cultura. Sabía que aún estaban ahí, sofocados pero vivos, en mi infierno interior. Un infierno al cual Leo logró descender y rescatar. Yo también tenía que rescatarlos desde lo más profundo de mi ser, para lograr que nuevamente la Historia Sagrada deje de ser cosa del pasado prehistórico, y se convierta en lo que siempre debió de ser: en la tierra prometida hacia la cual debemos orientar todo nuestro progreso.

   - Hoy no pareces muy entusiasmado -observó Leo, rompiendo así el silencio.

   Me encogí de hombros, pero la atmósfera de mi estado de ánimo fue mejorando a medida que dábamos cuenta del desayuno.

   Leo hizo entonces un comentario que en aquel momento no comprendí del todo bien.

   - Mi mensaje suele generar gran furia entre los fanáticos de las escrituras. Otros, ni siquiera lo entienden, y sólo se acercan a mí por mis milagros. Sin embargo, todo esto no debe de ser ningún impedimento para proclamar la Verdad. Ni aún cuando pienses que el mundo no logrará cambiar... Nunca se sabe cuando se ha plantado una semilla.

   Asentí. Por suerte, no esperaba ninguna respuesta.

   - Ayer dije que lo que los testigos de la historia de la Caída vieron en nuestra revolución agrícola no era una nueva tecnología, sino una nueva concepción del mundo que nos demuestra que somos tan sabios como Dios...al menos lo bastante sabios para ejercer el poder de la vida y la muerte sobre el mundo. 

   Asentí.

   - Me alegra haber llegado tan lejos, pero ésa es la parte fácil.

   - ¿Por qué? -pregunté.

   - Porque es bastante fácil imaginar qué estaba sucediendo cuando nació el universo, porque vemos el universo cada vez que levantamos la mirada. Pero es muy, muy difícil imaginar qué estaba sucediendo ANTES de que el universo naciera.

   - No estaba sucediendo NADA antes de que el universo naciera. Por definición -argumenté.

   - Precisamente.

   Moví la cabeza, y dije:

   - Tendrás que relacionar esto con el tema que nos ocupa.

   - Nos resulta fácil entender qué pensaban esos primeros agricultores cuando se establecieron en aldeas para vivir. Nos resulta fácil entender qué pensaban los comerciantes de la Edad del Bronce cuando transportaban mercancías en caravanas, recorriendo miles de kilómetros entre Tebas, Heracleópolis, Damasco, Assur y Ur. Nos resulta fácil entender qué pensaban los constructores del imperio de Akkad y Sumer, qué pensaban los constructores de la Gran Muralla China, qué pensaban los constructores de las colosales pirámides de Egipto. Confío en que comprendas lo que quiero decir; podría seguir acumulando ejemplos durante horas.

   - Comprendo lo que quieres decir.

   - Entendemos lo que pensaban porque hacían lo que nosotros hubiéramos hecho en su lugar. Eran nuestro linaje cultural; eran personas que veían el mundo como lo vemos nosotros y veían el lugar del Hombre en el mundo como lo vemos nosotros.

   - Entiendo.

   - Pero en cuanto miramos atrás, más allá de nuestra revolución agrícola, y penetramos en el pasado humano, ya no entendemos lo que aquellas personas pensaban. No entendemos qué se proponían cuando vivían durante docenas de miles de años sin intercambios ni comercio, sin imperios, reinos ni aldeas, sin adquisiciones de ninguna clase. 

   - Es muy cierto. Diría que nuestra impresión es que no se proponían nada. No es que no lo entendamos, es que allí no había nada que entender.

   - Es semejante al nacimiento del universo, José Manuel. No podemos entender qué ocurría antes del nacimiento del universo porque no ocurría nada, y no podemos entender qué pensaba la población humana antes del nacimiento de nuestra cultura porque imaginamos que no pensaba nada.

   - Sí, así parece.

   - Es otro resultado de la Gran Mentira. Hemos olvidado qué pensaba la humanidad antes de nuestra revolución.

   - Creo que no lo capto -dije-. ¿Por qué es importante saber qué se pensaba antes de nuestra revolución agrícola?

   Leo Suspiró.

   - ¿De verdad que todavía necesitas una respuesta a esa pregunta?

   - Ojalá pudiera decir que no -contesté-, pero sinceramente, no puedo. Mi problema es éste: consigo ver qué idea nos motivó, porque puedo ver qué logramos, pero no puedo entender qué idea motivó a nuestros antepasados porque no puedo entender qué lograron ellos. Por lo que alcazo a entender, no lograron nada. Enséñame sus victorias, entonces quizá pueda creer que había una idea que los motivaba.

   - Nuestros antepasados, en los primeros tres millones de años de vida humana, aprendieron a vivir como seres humanos, a vivir bien, a darse la gran vida. Desarrollaron un estilo de vida que era exclusivamente humano, un estilo de vida para criaturas capaces de cosas como la poesía, la filosofía, la música, la danza, la mitología, el arte y la invención tecnológica.

   - ¿Y hay una idea detrás de eso?

   - Confío en que te darás cuenta de que la hay. De todos modos, es el reto al que me enfrento, José Manuel: revelarte esa idea. En este mismo momento sé que te parece que todo esto, toda esta belleza y catástrofe nuestra, estaba destinada a suceder. Que estaba de alguna manera en la propia naturaleza de la humanidad ser lo que es, de igual modo que está en la naturaleza de la oruga ser mariposa.

   - Sí, así es como lo veo.

   - Dentro de poco comprenderás que la humanidad no estaba más destinada a ser nosotros de lo que estaba destinada a ser gebusi. La gente de nuestra cultura no representa el último estadio de desarrollo humano más que los gebusi.

   - Espero que consigas tu objetivo -dije-. Lo deseo de verdad.

   Mi respuesta no le gustó demasiado a Leo.

   - He conocido a muchos hombres que eran infinitamente menos brillantes que tú, hombres carentes de algo parecido a un bagaje mental, por llamarlo de algún modo, pero jamás conocí a nadie con tanto bagaje mental mal aprovechado.

   Solté una carcajada entre histérica y amarga.

   - Pareces mi tutor de la facultad -le dije-. No sabes tú cuánto me lo recuerdas.

   Dejó escapar un suspiro y vi que su enfado se disipaba. 

   - Lo que me irrita de tí, José Manuel, es que eres capaz de retener información en la cabeza durante muchísimo tiempo sin sacar ninguna conclusión. 

   - Quieres decir que soy lento para comprender.

   - Es probable que no te guste esta respuesta -dijo después de pensarlo un momento-. Tú consideras que te transmito estas enseñanzas como un favor, no como una necesidad. Yo lo veo como una necesidad, porque voy unos cuantos movimientos por delante de tí. ¿Puedes aceptarlo?

   - Creo que no me queda más remedio.

   - En cuanto te pongas al día, verás la necesidad por tí mismo; no tendrás ninguna duda al respecto.

   - Tienes razón -dije-. No me gusta esa respuesta.

   - Yo eligí un enfoque que me pareció el más adecuado. Creo que me equivoqué porque, visto los resultados, era demasiado cerebral y poco directo. Debo comenzar por un nivel más elemental.

   - De acuerdo - dije con vacilación.

   - Yo no quería ayudarte a salvar la grieta, José Manuel. Quería que tú saltaras al otro lado solo, por eso procedí como lo hice. ¿Sabes a qué me refiero?

   -¿Te refieres al salto que he de dar para llegar a la conclusión a la que tú querías que llegara?

   - Exacto. Cada frase que he dicho estaba pensada para construirte un puente centímetro a centímetro. Estaba rellenando la grieta con diminutas piedras, una tras otra, con la esperanza de que tú finalmente saltaras solo.

   - Pero no lo hice.

   - No lo hiciste. Y no tengo paciencia suficiente para seguir ese procedimiento, José Manuel...ni paciencia ni tiempo. Voy a arrojarte al otro lado de la grieta; voy a empezar por la conclusión.

   Esperó a que respondiera, y creo que podría haber dicho "está bien", o "me parece estupendo", pero no me parecía ni lo uno ni lo otro. Me sonaba a algo así como el fin, que sin duda es exactamente lo que es una conclusión.

   - De acuerdo -dije-. Me parece magnífico.

   Me dirigió una mirada vacilante, como si no me creyera más de lo que yo mismo me creía. Luego siguió.

   - Hay algo que quiero que me respondas, José Manuel. Tú has sido educado bajo el rito Católico Romano. Entiendes cuál fue el ministerio de Jesús, ¿verdad?

   - Sí, creo que sí.

   - ¿Lo entiendes o no lo entiendes?

   - Lo entiendo.

   - Dime en tres palabras a qué vino Jesús.

   - ¿En tres palabras?

   - ¿Lo dices tú o te lo digo yo? En tres palabras, ¿a qué vino Jesús?

   - A salvar almas.

   - Ésa no es la interpretación exclusiva de los católicos romanos, ¿verdad? Podrías trasladarla a todas las confesiones cristianas que existen, y todas estarían de acuerdo con ello, ¿no?

   - Sí, creo que sí. Es probablemente la única afirmación con la que estarían de acuerdo.

   - No vino a salvar ballenas, ¿verdad que no?

   - No.

   - No vino a salvar bosques milenarios, o lobos, o tierras pantanosas, ¿verdad?

   - No.

   - Ahora dime qué piensas estoy haciendo aquí, José Manuel. ¿De qué va todo "esto"?

   - ¿Qué quieres decir con "esto"?

   - Te lo diré de otra manera: sabemos qué vino a hacer Jesús. ¿Qué vine a hacer yo?

   - Lo ignoro -dije, alarmado.

   - Sí lo sabes, José Manuel. ¿Cuál es el tema de nuestras charlas?

   Negué con la cabeza.

   - ¡Salta ahora, por Dios! La grieta tiene apenas unos centímetros de ancho; tres palabras tenderán un puente sobre ella.

   Lo miré fijamente, petrificado.

   - ¡Habla, maldición! No me obligues a decirlo por tí. ¿Cuál es el tema de todas nuestras charlas?

   Logré que saliera de mi garganta como un ronco graznido.

   - Salvar al mundo.

   - Salvar al mundo. Lo tenías ahí, delante de las narices todo el tiempo, ¿verdad? Ahora, José Manuel, vamos a llegar directamente al Anticristo, sin ninguna maldita demora. Ahora mismo. ¿De acuerdo?

   - De acuerdo.

   - Bien, a lo largo de la historia del Anticristo se sobrentendia que él sería lo opuesto a Cristo. Si el Cristo vino para la salvación de las almas, el Anticristo vendría...

   - Para la perdición de las almas.

   - Exactamente. Si el Cristo predicaba las buenas obras y la perfección, entonces el Anticristo predicaría...

   - El pecado y la maldad.

   - Así es como se interpretó tradicionalmente. Pero los pensadores más perspicaces teológicamente han ido más allá de la interpretación tradicional. Y se dan cuenta de que, si hay que tomar en cuenta las profecías acerca del Anticristo, no las cumplirá quien predique el pecado y la maldad...no en estos tiempos y esta época. ¿A qué clase de pecados y maldades podría referirse un predicador que no hiciera bostezar de aburrimiento a un público moderno?

   - A ninguna -convine.

   - El Anticristo tradicional, entendido como predicador de pecados y maldades no haría mella en el mundo moderno, por consiguiente...

   - ¿Por consiguiente?

   - Piensa, José Manuel. Si un predicador de pecados y maldades no tuviera éxito como Anticristo, entonces...

   - Entonces el Anticristo sería algo diferente.

   - Entonces el Anticristo sería lo opuesto al Cristo en una dirección distinta.

   Era evidente que Leo esperaba mi reacción llegado ese punto, así que dije:

   - Comprendo eso. El Anticristo será lo opuesto al Cristo en una dirección diferente.

   - ¿Qué otra dirección?

   - No lo sé. -Realmente no lo sabía.

   - Vamos, José Manuel. La grieta tiene apenas un palmo de ancho.

   Me limité a negar con la cabeza.

   - Lo repasaremos -dijo-. El ministerio de Cristo es...

   - Salvar almas.

   - Pero salvar almas no es mi ministerio ¿verdad?

   - No -dije-.

   - Mi ministerio es salvar al mundo. Y mis detractores no consideran la salvación de las almas como lo opuesto a la perdición de las almas, sino salvar almas como lo opuesto a salvar al mundo. Esto es lo que hace de mí un candidato.

   - ¡No!

   - ¿Por qué dices que no? Ya te expliqué que había gente que me insultaba, que me llamaba el Anticristo, entre otras cosas. A esto es a lo que me refería.

   - Digo que no porque, si tratar de salvar al mundo te convierte en el Anticristo, entonces Greenpeace es el Anticristo, Conservación de la Naturaleza es el Anticristo, Conservación Internacional es el Anticristo.

   - José Manuel, esas organizaciones no quieren lo mismo que yo. No quieren nada ni remotamente parecido. Tú lo sabes.

   - No lo sé.

   Soltó una risita exasperada:

   - Eres un prodigio, José Manuel, de veras que lo eres. Para tí una grieta de un palmo podría muy bien ser el Gran Cañón.

   En ese momento no comprendía en profundidad las palabras de Leo. Su mensaje era por momentos como una figura sombría y misteriosa que percibía por encima del hombro. Lo captaba vagamente por el rabillo del ojo, y me inquietaba porque no podía verlo con claridad.

   - Creo que deberíamos irnos de aquí -dijo Leo-, para empezar a romper el esquema y relajarnos un rato.

   Estuve de acuerdo y nos pusimos en marcha.

   

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