(VII) Los pacíficos asesinos de Nueva Guinea

   - Creo que en este punto me hace falta una tesela de mosaico con un rasgo particular que me proporcionarán los gebusi de Nueva Guinea.

   - Muy bien - dije.

   - En las últimas décadas se ha puesto de moda "endemoniar" a las personas especialmente odiadas o temidas, convirtiéndolas en monstruos depravados. Nunca he visto la tendencia opuesta, pero es igualmente posible "angelizar" a quienes son especialmente admirados o reverenciados... transformarlos en seres perfectos que encarnen todas las cualidades deseadas. Por ejemplo, una tendencia reciente ha angelizado a los pueblos indígenas o de la estirpe de Abel donde quiera que se encuentren, imaginándolos como santos ecologistas, prudentes, generosos y con visión de futuro, que practican la igualdad de los sexos y nunca hablan el lenguaje de la calle. ¿Sabes a qué me refiero?

   - Claro. No vivo en una cámara frigorífica; y he visto Bailando con lobos.

   - Bueno - prosiguió Leo -. Como los ángeles son todos más o menos iguales, el proceso de angelizar a estos pueblos..."primitivos", "de la estirpe de Abel", "naturales", no importa el término, tiende a hacerlos parecer también a todos más o menos iguales, lo cual está muy alejado de la verdad. Aquí es donde entran los gebusi de Nueva Guinea. 

   " Los gebusi son uno de esos pueblos agricultores cuyo estilo agrícola nada debe a nuestra revolución. En realidad tendría más sentido llamarlos cazadores-horticultores que agricultores. Viven en aldeas y son personas que gustan de relacionarse, celebrar cosas y hacer fiestas con mucho griterío, canciones y bromas. Dos terceras partes fallecen de lo que llamaríamos causas naturales y un tercio muere a manos de amigos, vecinos o parientes. El homicidio es cosa de hombres, y en algún momento de su vida, dos tercios de la población masculina son culpables de homicidio.

   - Qué simpáticos - comenté.

   - Solemos juzgar a los demás pueblos según nuestras propias creencias pero, aunque parezca extraño, son, en general, personas simpáticas...no santas, evidentemente, pero si amables y bienintencionadas. Si les preguntaras por qué tienen esa pronunciada inclinación a la violencia, sin duda no sabrían de qué les estás hablando. No son violentos de manera consciente, y si tú quisieras interrogarles a propósito del papel del delito en su sociedad, deberías empezar por explicarles qué es el delito. Hacen cosas que molestan a unos y otros, por supuesto, y hay exactamente tantos codiciosos, groseros, desconsiderados y egoístas entre ellos como entre nosotros, pero el delito tal como lo entendemos nosotros no existe.

   " Dejando aparte las estadísticas sobre los homicidios, la diferencia principal entre ellos y nosotros radica en su teoría sobre la enfermedad y la muerte. Nosotros creemos que se produce la enfermedad cuando unas criaturas invisibles llamadas microbios, gérmenes o virus invaden nuestro cuerpo. Esta teoría no nos parece otra cosa que insípidamente objetiva, pero a los pensadores del siglo XXIII (si por casualidad los hay) es probable que les parezca tan extrañamente irreal como a nosotros la teoría renacentista de los humores. ¿Lo encuentras concebible?

   - ¿Que nuestra actual teoría sobre la enfermedad parezca extraña algún día? Desde luego que sí. Lo encuentro totalmente concebible.

   - Bien. En la teoría gebusi, no hay nada que se corresponda con nuestra idea de la muerte por "causas naturales". Todas las causas de enfermedad y muerte son sobrenaturales, y toda enfermedad y muerte es causada por alguien que literalmente "nos quiere mal". Puede ser un hechicero o el espíritu de un animal. Para lograr un diagnóstico en caso de enfermedad, un médium visita el mundo de los espíritus para descubrir la parte culpable, y esta información indica el mejor medio de tratamiento. Si alguien muere, el médium realiza una investigación consultando a los espíritus. No toda investigación lleva a acusar a una persona viva, pero cuando es así, al acusado o acusada de la hechicería se le da una oportunidad de demostrar su inocencia practicando la adivinación del sagú, una hazaña culinaria tan difícil que la habilidad sola no basta para asegurar el éxito. Se podría comparar su dificultad con el acto de cocinar un soufflé perfecto del tamaño de una bañera. El éxito total se interpreta como señal de que el espíritu del difunto estaba cerca para ayudar, y así exculpar al acusado. El éxito parcial deja el asunto en la duda, y el acusado probablemente será perdonado durante un tiempo mientras se examinan otros indicios, como el comportamiento del cadáver en presencia del sospechoso. Conforme el resultado del ritual del sagú se aleja del éxito, crece la impresión de culpa. En este caso, como negar el crimen no tiene sentido ante tales pruebas, el hechicero generalmente expresará remordimiento y tratará de persuadir a todos de que la ira que lo movió a practicar la hechicería se ha agotado. Todos quieren creerlo e intentan persuadir al culpable de que todo está perdonado, pero es muy probable que los días del malhechor estén contados.

   " Entre los gebusi, los espíritus de los muertos no tardan en volver a este mundo como animales. Los que mueren jóvenes regresan como animales pequeños... pájaros o lagartijas; los que mueren a una edad más avanzada regresan como animales grandes... osos o cocodrilos, por ejemplo. Pero los hechiceros ejecutados regresan invariablemente como jabalíes, y ésa es la razón por la que a los hechiceros ejecutados los asan y los engullen. La lógica (si es que existe) es que, al ser hechiceros, al regresar a este mundo son jabalíes a los que cazan no sólo porque sirven como comida, sino porque están habitados por espíritus maléficos.

   Lo interrumpí para preguntar si los gebusi practican el canibalismo en otras circunstancias.

   - Que yo sepa - dijo Leo -, el único plato humano de su menú es el hechicero asado.

   - Fascinante.

   - Ahora vayamos al meollo de este ejercicio antropológico. Quiero que imagines que no fue la gente de nuestra cultura, o la estirpe de Caín, la que atestó el mundo y se apropió de él, sino los gebusi. Quiero que te imagines un mundo donde, si tú fueras instalador de teléfonos, legislador, director de orquesta o diseñador de moda en Berlín, Pekín, Tokio, Londres o Nueva York (o en Santiago de Compostela), en cualquier momento pudieran pedirte que realizaras con éxito un ritual del sagú para salvar tu vida. Quiero te te imagines un mundo donde comer hechiceros fuese algo normal... como mandar a tus hijos a campos de concentración educativos cuando alcanzan los cinco o seis años. Quiero que te imagines un mundo donde matar a un hombre lo convertiría en un jabalí con tanta seguridad como castigar a un hombre lo convertiría en un buen ciudadano.

   Leo se detuvo en este punto y me dirigió una mirada esperanzada a la que yo no estaba seguro de cómo responder.

   Le dije:

   - Creo que intentas hacerme ver que la locura de cada cultura es para sus miembros cordura y sensatez.

   - Es verdad - corroboró Leo -. Si yo te dijera que los gebusi están convencidos de que el Creador del Universo ha hablado a un solo pueblo en este planeta a lo largo de toda su historia, y que ese único pueblo es el gebusi, tú sonreirías. ¿Verdad que sí?

   - Supongo que lo haría.

   - Sin embargo, eso es precisamente lo que la gente de nuestra cultura cree, ¿no es verdad? ¿El Creador del Universo ha hablado a alguien que no seamos nosotros?

   - No.

   - Hace doscientos mil años que existen los seres humanos modernos, pero de acuerdo con nuestras creencias, Dios no tenía nada que decir a nadie hasta que nosotros llegamos. Dios no habló a los alawa de Australia, a los gebusi de Nueva Zelanda, a los bosquimanos de África, a los navajos de Norteamérica ni a los yanomamis de Suramérica. Dios no dijo una sola palabra a los otros cientos de miles de pueblos del mundo, nos habló sólo a nosotros. Sólo a nosotros nos reveló el orden y finalidad de la creación. Sólo a nosotros nos reveló las leyes esenciales de la salvación.

   - Así es. 

   - Pero pensar esto no es locura.

   - No. Hablando con la voz de la fe de la que no se puede dudar, no es locura.

   - Sería una idiotez que los gebusi creyeran que Dios les habla sólo a ellos, pero que lo creamos nosotros es lógico.

   - Así es. Estamos mucho más evolucionados en ese aspecto.

   - Evidentemente, no es sólo la historia del mundo lo que los vencedores escriben, es también la teología del mundo.

   - Si, es así.

   - De todos modos, en este momento no te estoy pidiendo que entiendas algo, te estoy pidiendo que hagas algo.

   - ¿Qué quieres que haga?

   - Quiero que imagines que el mundo, este mundo de aquí, es un mundo gebusi. Tú, como creyente cristiano, serías tolerado como vestigio de una superstición extraña e inofensiva. De noche los hombres se agruparían en los bares, no para ver partidos televisados, sino para mantener conversaciones obscenas con espíritus femeninos aferrados a este mundo. Los médiums espirituales estarían a mano para diagnosticar y curar enfermedades menores... y llevar a cabo pesquisas sobre muertes en la comunidad. Los amigos te invitarían a un restaurante para celebrar un asesinato... y tú te irías a casa con un filete de hechicero asado para tu familia. ¿Qué más te puedo decir? Las películas serían películas gebusi; las novelas, novelas gebusi; la literatura, literatura gebusi; la política, política gebusi; los deportes, deportes gebusi; la diversión, diversión gebusi.

   Le aseguré que era capaz de imaginarlo, más o menos.

   - ¿Qué te parece un mundo así?

   - ¿Qué me parece? Me parece demencial. Obsceno.

   - Por supuesto que sí. Confinados dentro de sus escasos cientos de kilómetros cuadrados, los gebusi son raros y grotescos. Si los transformamos en una cultura universal a la que todo ser humano debe pertenecer, se vuelve una obscenidad. Lo mismo ocurre con todo lo demás. Cualquier cultura se convertirá en una obscenidad si la hinchamos hasta volverla una cultura global a la que todos debemos pertenecer. Confinada en los escasos cientos de kilómetros en que nació, nuestra propia cultura habría sido igualmente extraña y grotesca. Ampliada hasta volverse una civilización mundial y universal a la que todos debemos pertenecer, es una obscenidad aterradora.

   - Creo que empiezo a comprender - le dije -. Creo que empiezo a entender adónde quieres llegar.

   Leo asintió.

   - Probablemente no recuerdes por qué al principio saqué a colación a los gebusi. Tú dijiste que era casi un milagro que alguna vez hubiésemos adoptado la agricultura totalitaria, dado que, lejos de hacer la vida más fácil o más segura, en realidad tenía el efecto contrario.

   - Si, lo recuerdo.

   - Yo quería que vieras que las estrategias del estilo de vida que una cultura adopta no benefician necesariamente a la gente de modo palpable e indiscutible. No se adoptan por fuerza porque hagan la vida más cómoda, aunque la gente pueda emplear este argumento elemental para explicárselo a los niños y a los extraños. En nuestra civilización, por ejemplo, la adopción de nuestro sistema de agricultura se presenta a los niños como un inevitable paso adelante para la raza humana porque hace nuestra vida más fácil y segura.

   Pregunté a Leo qué hacía en realidad, si no hace la vida más fácil y segura.

   - Es exactamente lo que tratamos de entender aquí. Tenemos ante nosotros una serie de conductas y estamos tratando de explicar cómo se comportan juntas para producir los resultados que vemos. Por ejemplo, examina las peculiaridades de los gebusi y ve si puedes encontrar un mecanismo capaz de hacer que se extendieran hasta convertirse en una civilización a la cual todos deberíamos pertenecer.

   Le pregunté a qué clase de mecanismo se refería.

   - A una dinámica dentro de su cultura - añadió -. Alguna costumbre, alguna creencia muy arraigada.

   Dediqué un par de minutos al tema, pero no pude encontrar ningún mecanismo capaz de producir ese efecto.

   - Inventa uno entonces - dijo Leo.

   - Supongo que la ambición territorial tendría ese efecto.

   - No por sí misma - dijo Leo, negando con la cabeza -. Los aztecas tenían ambiciones territoriales, pero una vez que conquistaban un territorio, les importaba un comino cómo se viviera en él. No estaban interesados en convertir a sus vecinos en aztecas. Por eso, por muy ruines que pudieran ser, no llegaron a ser como nosotros...no llegaron a ser de la estirpe de Caín. 

   - Exacto, entiendo a qué te refieres. Tendrías que volverlos misioneros culturales si quisieras hincharlos hasta convertirlos en cultura dominadora del mundo.

   - Y para convertirlos en misioneros culturales, tendrías que dotarlos de una fe. Los misioneros no son otra cosa que creyentes. ¿Qué clase de creyentes tendrían que ser los gebusi?

   - Tendrían que creer que su modo de vida es el más acertado.

   - Exactamente. Si los gebusi creyeran que la suya es la única manera justa de vivir para todos los seres humanos (cosa que no creen, por cierto), se sentirían lo bastante motivados para convertirse en misioneros culturales del mundo. Pero la fe sola no bastaría. La gente de nuestra cultura siempre ha tenido esta fe, ha demostrado a lo largo de la historia que tenía esa convicción, pero necesitó además otro mecanismo. Supongo que podría llamarlo mecanismo de propagación. Un mecanismo que los impulsara por toda la faz de la Tierra mientras ellos difundían el evangelio de su iluminación cultural.

   - La agricultura - dije.

   - Un tipo particular de agricultura, José Manuel, porque no cualquier clase de agricultura impulsa a un pueblo por toda la faz de la Tierra. La modesta agricultura de los gebusi no soportaría una expansión de ese tipo.

   - Entiendo.

   - En nuestra cultura, para sostener una particularidad, necesitábamos otra particularidad y las dos se reforzaron entre sí. Creíamos (y todavía creemos) que poseíamos la única manera justa de vivir para los seres humanos, pero necesitamos la agricultura totalitaria para apoyar nuestra acción misionera. La agricultura totalitaria nos dió fabulosos excedentes de alimentos, que son la base de toda expansión económica y militar. Nadie pudo oponérsenos en ningún lugar del mundo, porque nadie tenía una maquinaria productora de alimentos como la nuestra. Nuestro éxito económico y militar confirmó nuestra creencia de que poseemos la única manera de vida justa. Hoy sigue siendo así. Para la gente de nuestra cultura, que podamos derrotar y destruir cualquier otro estilo de vida es una prueba clara de nuestra superioridad cultural.

   - Sí, me temo que es así. Cuando se trata de la "supervivencia (cultural) de los más aptos", somos los campeones.

   - Quieres decir que somos campeones del proceso de selección natural.

   - Bueno... sí, creo que quiero decir eso. 

   Leo movió la cabeza negativamente.

   - No debería considerarse de esa manera. Las ideas evolutivas siempre constituyen metáforas arriesgadas. La tendencia de la evolución biológica es hacia la diversidad...lo es ahora y siempre lo ha sido. La evolución no tiende hacia la "especie idónea". Desde el comienzo ha tendido a separarse de la singularidad de la que surgió la vida. Recuerdo haber leído de niño una historia de ciencia ficción sobre un organismo mutante nacido en un desagüe, en la fortuita confluencia de un poco de esto y un poco de aquello. Este organismo estaba impulsado por un único tropismo, que era convertir la materia viva en él mismo. Poseía la capacidad ilimitada de invertir en unos cuantos días miles de millones de años de evolución biológica devorando todas las formas de vida de este planeta, y convirtiéndolas en una sola forma, él mismo. Este organismo mutante es una metáfora perfecta de nuestra cultura, que sólo en unos cuantos siglos está invirtiendo el proceso de millones de años de desarrollo humano, devorando todas las culturas de este planeta y transformándolas en una sola cultura; en una sola civilización, la nuestra.

   - Un pensamiento terrible - dije.

   - Es un proceso terrible.

   - La pólvora - dijo Leo - es una mezcla de nitrato potásico, carbón y azufre, y supongo que sabes que si falta cualquiera de estos ingredientes, la mezcla no es explosiva.

   - Por supuesto.

   - Al igual que una mezcla explosiva, nuestra cultura también consta de tres ingredientes esenciales, y si hubiera faltado uno, no habría habido ninguna explosión en este planeta. Ya hemos identificado dos de los ingredientes: la agricultura totalitaria y la creencia de que la nuestra es la manera justa de vivir. El tercero es la Gran Mentira.

   Pensé un poco, pero finalmente le confesé que no podía entender cómo la Gran Mentira había contribuido a la explosión.

   - Contribuyó a la explosión más o menos como el carbón contribuye a la explosión de la pólvora. ¿Cómo llegamos a sustentar la extraña idea de que nuestra cultura es justa?

   - No lo sé.

   - Retrocedamos otra vez a los pensadores básicos de nuestra cultura: Herodoto, Confucio, Abraham, Anaximandro, Pitágoras, Sócrates, y cualquier otro que se te ocurra. Reúnelos a todos en una habitación y pregúntales: "¿Cuánto tiempo hace que la gente vive como nosotros?". ¿Cuál sería la respuesta?

   - Su respuesta sería que la gente vive así desde el comienzo.

   - En otras palabras: el Hombre nació viviendo de esta manera.

   - Así es.

   - ¿Y esto que te dice acerca de la naturaleza del Hombre?

   - Me dice que el Hombre estaba concebido para vivir de esta manera. El Hombre está concebido para vivir como un agricultor totalitario y un constructor de ciudades, de la misma manera que las abejas fueron concebidas para vivir como recolectoras de miel y constructoras de panales.

   - Y dime: ¿qué podía ser esto sino el único modo de vida justo?

   - Sí, lo entiendo.

   - Entonces, ¿qué es lo que faltaba en la cabeza de estos pensadores? ¿Qué se olvidó durante la Gran Mentira?

   - Lo que se olvidó fue que el Hombre no nació como agricultor totalitario y constructor de ciudades. Lo que se olvidó fue que nuestro modo de vida no estaba prescrito en el origen de los tiempos. Si esto no hubiera quedado en el olvido, nunca hubriamos podido persuadirnos de que la nuestra es la única forma de vida justa.

   

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