(VI) El mosaico y un nuevo horizonte

   ¿Dónde has aprendido todas esas cosas, Leo? Sabes tanto...o a lo mejor creo yo que lo sabes. No. Sabes mucho. ¿Es fruto de la experiencia? ¿No recibiste ningún adiestramiento formal para ser Maestro?

   - He estudiado y leído mucho, y la experiencia claro. Cuando nací traje conmigo los conocimientos de otras tierras y otras escuelas, de otras vidas que he vivido.

   Colgué de los cables un pañuelo recién lavado y miré a Leo.

   - Claro...y tú me vas a enseñar todas esas cosas no? Vas a enseñarme de qué va este mundo...

   - Así es - respondió, con toda la naturalidad del mundo.

   Hurgó un poco en el compartimiento de equipajes del Travel Air y sacó un cuaderno, forrado con un material que parecía gamuza.

       ENSEÑANZAS PÚBLICAS, impreso en letra gótica antigua.

       Recordatorios para el Alma.

   - ¿Qué es esto?

   - Es un recopilatorio de todas mis enseñanzas públicas, conferencias, sermones o como gustes denominarlas. Lo he hecho en exclusividad para tí.

   Hojeé el libro, que consistía, a mi modesto entender, de cinco lecciones o recordatorios: La Gran Mentira, La Cocción de la Rana, El Hundimiento de los Valores, La población: un enfoque sistemático y La Gran Verdad.

   - Así por encima, no he leído nada respecto a si tendrás una muerte horrible - dije.

   - Muy gracioso, José Manuel.

   - Hablo en serio: ¿tendrás una muerte horrible?

   - Lo ignoro. ¿No te parece que sería un poco absurdo, ahora que he dejado el oficio? Bastará una discreta y modesta ascensión. Lo decidiré dentro de pocas semanas, cuando termine lo que he venido a hacer.

   Le reproché que bromeaba, como acostumbraba a hacerlo alguna que otra vez, y no imaginé entonces que lo de "las pocas semanas" fuera en serio.

   Volví a la lectura del libro y comprobé que Leo hablaba de temas cercanos a nuestras vidas, y no me gustaba demasiado lo que leía. No porque no fuera verdad lo que decía, sino por la razón opuesta: porque era verdad y yo jamás había pensado en ello. Hacía comentarios agudos acerca de fenómenos que yo había presenciado miles de veces y nunca se me había ocurrido analizar. Me dió la sensación de haber estado viviendo como uno de esos caballos ganadores de la Zarzuela; al caballo no le impresiona recibir una visita de la realeza, no porque sea republicano, sino porque es imbécil.

   Cuanto Leo enseñaba a las multitudes era obvio y, sin embargo, nuevo. Eso lo hacía exasperante, porque lo que es obvio debería ser viejo...y por lo tanto archiconocido, aburrido e innecesario. Yo mismo podría haberlo resuelto... pero no lo había resuelto.

   Mi primer acercamiento al tema que Leo tanto anhela comunicar me estaba demostrando que yo era exactamente como el maldito caballo del círculo vencedor de la Zarzuela. Puedo mover la cabeza y retozar como un campeón, pero cuando hay que llegar al fondo de las cosas no soy capaz de distinguir la diferencia entre la reina de España y un mozo de caballos.

   - Te veo muy callado, José Manuel - comentó Leo, como deseoso de entablar conversación.

   - Sí - respondí y continúe leyendo. Si este era un libro escrito exclusivamente para alumnos avanzados, no quería soltarlo. Y aunque no lograba comprender con exactitud lo que leía, supongo que percibía en profundidad su significado.

   Encontrar en estas líneas algo turbador...me turba. No tendría que estar turbado en absoluto. Lo que quiero decir es que me considero una persona inteligente, pero básicamente un hombre sencillo y sin complicaciones. No soy ningún atormentado. Sin embargo, lo gracioso es que, porque soy sencillo y sin complicaciones, leo al individuo que tengo a mi lado, y pienso: "Sí, entiendo lo que dice. Es algo nuevo. Es algo realmente nuevo. Lo que dice Leo tiene sentido. Tiene más sentido que cualquier otra cosa que haya oído o leído hasta ahora. ¿Cuál es el problema?".

   No pude evitar preguntarme qué me sucedería si seguía junto a aquel extraño individuo. Era divertido estar con él, pero no era capaz de librarme de la sensación de que, dentro de no mucho tiempo, le ocurriría algo nada regocijante, y no quería estar cerca cuando pasara. Pensando en eso, recordé: "Hay algunas enseñanzas que sólo los discípulos excepcionales pueden comprender. Espero transmitirte algunas de esas enseñanzas".

   Sigo pensando que soy una persona inteligente. Pero no estoy muy seguro de en qué situación estoy respecto a Leo en este asunto, no creo estar exactamente en el montón de la basura. No sé si terminaré pareciendo brillante, pero estoy bastante seguro de que no terminaré pareciendo escoria.

   - Creo que estoy un poco mareado, Leo. No sé si podré asimilar todas estas lecciones.

   - Lo harás. Necesitarás un par de semanas aproximadamente - respondió.

   - Dos semanas.

   - Sí. Convéncete de que conoces todas las respuestas, y las conocerás. Convéncete de que eres un maestro y lo serás.

   - Nunca he dicho que quisiera ser un maestro.

   - Es cierto - asintió -. No lo has dicho.

   Me pidió que conservara el libro. Y a continuación, dijo:

   - Llegados por fin a este punto, no tengo nada parecido a un programa de estudios para ofrecerte. Sabes lo que es un programa de estudios, supongo.

   - Diría que es una secuencia de objetivos de enseñanza.

   - ¿Una secuencia ordenada de qué manera? Presumiblemente no es una secuencia arbitraria.

   - Supongo que lo ideal es que vaya de lo conocido a lo desconocido o de lo simple a lo complejo. Un programa de estudios está estructurado como una pirámide, crece desde la base hacia arriba. Hay que saber A para aprender B, hay que saber A y B para aprender C, y así sucesivamente.

   - Exacto. Pero como te dije, no tengo un plan de estudios así; en vez de una pirámide, estoy pensando en un mosaico: las teselas pueden organizarse en cualquier orden. En las primeras etapas no existe nada que se parezca a una imagen, pero a medida que se acumulen teselas, comienza a perfilarse una imagen. Conforme se añaden todavía más teselas, la imagen se hace más clara, más definida, hasta que finalmente uno está seguro de que tiene ante sí la imagen básica. En lo sucesivo, la figura ganará en precisión y detalle a medida que se continúan añadiendo teselas. Por fin parece que ya no faltan piezas y sólo quedan por llenar las junturas entre teselas contiguas... que deben rellenarse con teselas cada vez más diminutas. A medida que las junturas entre las teselas se rellenan, la figura comienza a parecer un dibujo coherente...un todo continuo más que un conjunto de fragmentos, y al final ya no parece un mosaico en absoluto.

   - Entiendo.

   - Aquí tienes un fragmento para empezar. 

   - Adelante. 

   - Cuando leas en su totalidad el contenido del libro que te entregué, habrás oído, en sentido figurado, claro está, por lo menos una vez todo lo que puedo decir a las multitudes que siento que van a comprender. Pero uno no es cristiano por escuchar un sermón ni freudiano por asistir a una conferencia, y nadie se vuelve marxista por leer un panfleto. Si un extraño te pregunta algo que va más allá de cualquier cosa que hayas leído que dije, debes remitirme la pregunta a mí. Sabes lo que estoy expresando, pero mi mensaje no es lo bastante tuyo para que puedas generar respuestas propias. Para tí el mosaico es sólo un bosquejo tosco.

   "Cuando te hayas familiarizado más con mis enseñanzas públicas y tengamos más conversaciones como ésta, si un extraño te hace una pregunta que trascienda cualquier cosa que me hayas oído decir, tal vez intentes contestarla, pero cuando me informas de lo que dijiste, generalmente descubres que mi respuesta hubiera sido totalmente diferente a la tuya, a veces hasta contraria. Sabes lo que estoy diciendo, pero mi mensaje no es lo suficientemente tuyo para que puedas generar respuestas con seguridad. Eres capaz de distinguir las líneas principales con bastante claridad, pero la imagen del mosaico es todavía imprecisa.

   "Dentro de una semana, al llevar más tiempo profundizando en el mosaico, si un extraño te hace una pregunta que transciende cualquier cosa que me hayas oído decir, casi nunca te equivocas en la respuesta, aunque es probable que le falte la profundidad y seguridad que tendría si viniera de mí. El mensaje es casi tuyo, y la imagen del mosaico está sustancialmente completa, aunque un poco borrosa todavía.

   "Pero dentro de un par de semanas, si un extraño te hace una pregunta que trasciende cualquier cosa que me hayas oído decir, contestarás sin dudar. Tu respuesta no tendrá necesariamente el mismo énfasis que la mía, o no se enunciará con el mismo estilo ni reflejará un punto de vista idéntico, pero tendrá la misma autenticidad y poder, porque la imagen del mosaico a la que te remites para responder es tan sólida y está tan bien enfocada como la mía. Tú eres el mensaje en el mismo sentido en que lo soy yo.

   Leo hizo una pausa como esperando una respuesta y le dije que entendía lo que decía, pero no estaba seguro de por qué lo decía.

   - Te estoy haciendo un repaso de algo que hablé en nuestra primera conversación al respecto. Cuando Jesús se fue, no dejó a nadie que personificara el mensaje.

   Contuve el impulso de soltar un "¡Guau!", pero ¡guau! fue precisamente lo que surgió de mi cabeza. Era una verdad innegable...en ningún sentido condenatoria, pero innegablemente verdad. Jesús no había dejado a nadie que pudiera hablar con su autoridad, a nadie que pudiera decir: "Esto es así". Había preguntas muy elementales que los apóstoles no podían contestar con certeza, por ejemplo: ¿hasta qué punto los nuevos designios divinos estaban ratificados por las leyes divinas antiguas? No se puede pedir nada más fundamental que eso. En realidad fue san Pablo, un hombre que jamás había visto a Jesús, quien terminó diciendo "Esto es así" con más autoridad que nadie. Más que Juan, que Pedro y que Santiago, Pablo fue el mensaje. Pero a pesar de los escritos de Pablo y todos los evangelistas, todavía fueron necesarios trescientos años de pensamiento cristiano para reconstruir el mensaje de Cristo... para dar sentido a los indicios, reconciliar las contradicciones aparentes, podar herejías, disparates, incoherencias, y organizarlo en un credo firme, coherente, sobre el que más o menos todos estuvieran de acuerdo.

   Aún así confesé a Leo que no sabía muy bien adónde quería llegar. 

   - Si el mundo se salva, lo salvará la gente con un cambio de mentalidad, no lo salvarán programas, sino gente con mentalidad transformada.

   - Y eso me incluye a mí, si no me equivoco - dije, con cierto asombro.

   - Yo cambiaré tu manera de pensar.

   Lo miré sin comprender.

   - Tú serás mi mensaje.

   Un escalofrío helado me recorrió la espalda.

   Se hizo un largo silencio, hasta que Leo retomó la conversación:

   - Si obligamos a un grupo de estudiantes a explicar por qué vamos de cabeza al desastre, enseguida sacarán a relucir y agotarán los típicos clichés de tertulia... avance tecnológico incontrolado, codicia industrial incontolada, expansión gubernamental incontrolada, etcétera. ¿Y cómo crees que se desarrollaron todos estos tópicos?

   - No tengo ni idea - confesé -. Disculpa que te conteste con tanta rapidez, pero nunca me he parado a pensarlo.

   - Entonces pensemos ahora. Uno de los mayores obstáculos durante la construcción del Canal de Panamá en las últimas décadas del siglo XIX fue la fiebre amarilla. La causa era desconocida y la medicina de la época no sabía tratarla. En aquel entonces se pensó que la causaba el aire de la noche. La gente que se quedaba a cubierto durante la noche contraía la enfermedad con menos frecuencia que la que salía. Pero algunos de los que permanecían en sus casas de noche enfermaban igualmente. Eso era debido a que dejaban las ventanas abiertas. Finalmente la gente se dió cuenta de que no debía dejar entrar aire nocturno en ninguna circunstancia. Pero como Walter Reed descubrió más tarde, el portador de la enfermedad no era el aire nocturno, sino el mosquito Aedes aegypti, que caza de noche.

   Leo hizo una pausa, antes de preguntar:

   - ¿Qué indujo a la gente a pensar que el aire nocturno tenía la culpa?

   Moví negativamente la cabeza, confundido por la pregunta, y aseguré a mi Maestro que no sabía cómo contestar.

   - Inténtalo de todos modos - dijo-. Prueba suerte.

   Me encogí de hombros y lo intenté.

   - Es lo que la gente pensaba. No existía nada intrínsecamente irracional en la idea y en realidad tenía cierto mérito.

   - Bien. Yo debería añadir que la versión que acabas de dar es más una leyenda que un hecho. Las ideas que el grupo de estudiantes enunciarían son también "lo que la gente piensa". No hay nada intrínsecamente irracional en ellas y desde luego tienen cierto mérito.

   - De acuerdo, entiendo lo que quieres decir. Más o menos.

   - Ambos grupos se ven limitados por un fuerte impedimento. ¿Te das cuenta de cuál es?

   - Diría que en ambos casos el horizonte intelectual está demasiado cerca, están buscando las causas demasiado cerca del efecto.

   - ¡Exactamente, José Manuel! Éste es el efecto primordial de la Gran Mentira. En nuestra civilización ( Oriente y Occidente, gemelos nacidos en un mismo parto), la historia de la humanidad es sólo lo que sucedió desde el comienzo de nuestra revolución agrícola. En nuestra cultura, a causa de la Gran Mentira, la gente que mira hacia el horizonte se remonta sólo hasta hace unos miles de años. En 1654 el arzobispo Ussher calculó que la raza humana nació en el año 4004 a.C. Después los arqueólogos calcularon que por esas fechas empezaron a construirse las primeras ciudades de Mesopotamia. Para un pueblo que imaginaba que el Hombre había nacido como agricultor y como constructor de una civilización, ¿qué podía tener más sentido? La raza humana apareció en Mesopotamia hace seis mil años...e inmediatamente comenzó a construir ciudades. La Gran Mentira estampó esta imagen de modo indeleble en nuestra mentalidad cultural. No importa que todos "sepan" que la raza humana es tres millones de años más antigua que las ciudades de Mesopotamia. Cada molécula del pensamiento de nuestra civilización lleva impresa la idea de que no necesitamos ver más allá del horizonte de la civilización mesopotámica para entender nuestra historia.

   - Y me estás diciendo que tu horizonte tiene tres millones de años de antigüedad.

   - Siempre. Para mí, la civilización mesopotámica está borrada como horizonte. ¿Cómo crees que se consigue?

   - Supongo que subiéndose a una escalera de mano, para ver las cosas desde más arriba.

   - Así es. Cuando uno lo hace, los acontecimientos que antes parecían enormes (porque estaban cerca) ocupan su lugar en un paisaje de mayor profundidad y ya no destacan tanto.

   Asentí, en señal de haber comprendido la explicación. Luego Leo, prosiguió hablando.

   - Estábamos hablando de los clichés a los que la gente recurre para explicar por qué nos tambaleamos al borde del desastre: avance tecnológico incontrolado, codicia industrial incontolada, expansión gubernamental incontrolada, y así sucesivamente. Son explicaciones que tienen sentido para la gente de la Gran Mentira, para la gente que cree que está viendo el horizonte humano cuando mira el horizonte mesopotámico. Para la gente de la Gran Mentira, nuestra revolución agrícola fue literalmente el comienzo de la historia humana. Cuando yo contemplo el horizonte humano, retrocedo tres millones de años más allá del horizonte mesopotámico, por lo cual es grotesco considerar que nuestra revolución agrícola señala el comienzo de la historia del hombre. Señala algo, sin duda, pero ni remotamente el comienzo de la historia de la humanidad.

   Pensé que era hora de manifestar de alguna manera que estaba consciente y pregunté:

   - ¿Qué señala entonces?

   - Señala el momento de un cambio de mentalidad...una nueva concepción del mundo y de nuestro lugar en él.

   - ¿Cómo llegas a la conclusión de que hubo un cambio de mentalidad?

   - Llegué a ello basándome en que hubo una revolución - replicó Leo -. Las revoluciones no se producen entre personas que piensan de la misma manera.

   - ¿No puede producir una revolución el cambio de las condiciones económicas y sociales?

   - Seguro que no te has expresado bien. Las revoluciones las hace la gente, no las condiciones.

   - Quiero decir, ¿no puede la gente reaccionar de manera revolucionaria ante condiciones económicas o sociales que se han modificado?

   - Por supuesto que sí. Pero la pregunta es: ¿pueden reaccionar de manera revolucionaria sin pensar primero de manera revolucionaria?

   Tuve que admitir que no podía imaginar una acción revolucionaria con ausencia de un pensamiento revolucionario.

   - He oído a pensadores ingenuos sugerir que nuestra revolución agrícola fue producto de la hambruna - dijo Leo.

   - ¿Por qué es ingenuo?

   - Lo es porque la gente que se está muriendo de hambre no siembra cultivos, del mismo modo que la gente que se está ahogando no construye balsas salvavidas. La única clase de gente que puede permitirse el lujo de esperar a que crezcan los cultivos es la que ya tiene comida.

   - Si, eso tiene sentido.

   - También oirás decir que la agricultura era en gran medida un acontecimiento inevitable porque hace la vida mucho más fácil y segura. En realidad, la hace más penosa y menos segura. Todos los estudios comparativos entre calorías gastadas y calorías ganadas confirman que cuanto más depende el alimento de la agricultura más hay que trabajar para conseguirlo. Los primeros agricultores neoliticos, que probablemente sembraban unos cuantos cultivos y dependían en gran parte de la caza y la recolección de plantas silvestres, trabajaban mucho más intensamente que sus antecesores mesoliticos. Agricultores posteriores, que sembraron más cultivos y se dedicaron menos a la recolección, trabajaron aún más para seguir viviendo, y los agricultores totalitarios modernos, que dependen exclusivamente de los cultivos, trabajan, para seguir viviendo, más intensamente que ningún otro. Y la hambruna, lejos de ser desterrada por la agricultura, es efectivamente un efecto secundario de la misma y nunca se encuentra separada de ella. Viaja al más inhóspito desierto de Australia durante la más tremenda sequía y no encontrarás ni un solo aborigen muriéndose de hambre en ninguna parte.

   - Está bien -dije-. Creo entender lo que estás haciendo. Estás contestando a todas las objeciones antes de que te las plantee.

   - ¿Todas las objeciones a qué?

   - A mi punto de vista al respecto.

   - ¿Que es cuál?

   - Que es que nuestra revolución agrícola señaló la aparición de un cambio de mentalidad. No eran solamente personas hambrientas intentando algo nuevo por desesperación. No eran personas que buscaban más seguridad. 

   - Es cierto. Lejos de tener una vida más fácil o de aumentar su seguridad, trabajaron más intensamente y estuvieron menos seguros que los cazadores y recolectores anteriores. De manera que no se trata de que se hiciera algo porque era más cómodo.

   Me pareció que Leo estaba en peligro de derrotarse a sí mismo con sus propios argumentos.

   Le dije:

   - Tal como tú lo cuentas, la revolución agrícola tenía tan pocas probabilidades a su favor que es un milagro que se produjera.

   - Verdaderamente es una maravilla que sucediera - afirmó Leo con énfasis -. Eso es precisamente lo que quiero que veas. Y cuando lo logre, tu concepción de la historia humana cambiará para siempre...

   

   

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