(V) Terapia en el cielo

   Una flamante camioneta avanzó silenciosamente por el camino en dirección a nosotros, levantado una tenue polvareda parda, y se detuvo junto al campo. Se abrió la puerta y bajaron de ella un anciano y una niña de unos diez años. La atmósfera estaba tan tranquila que el polvo continuó flotando.

   - ¿Llevan pasajeros, verdad? - preguntó el hombre.

   Era Leo el que había elegido el lugar, de modo que permanecí callado.

   - Sí, señor - respondió fogosamente -. ¿Anda hoy con ganas de volar?

   - Si subo, ¿habrá algunas acrobacias, rizará el rizo conmigo allá arriba?

   Los ojos del hombre titilaron. Quería saber si lo reconocíamos, a pesar de su jerga de palurdo.

   - Si lo desea, lo haré. Si no, no.

   - Y supongo que me cobrará una fortuna.

   - Tres euros en metálico, señor, por diez minutos de vuelo. O sea, treinta céntimos por minuto. Y lo vale, según me dice la mayoría de la gente.

   Tuve la extraña sensación de sentirme un poco espectador mientras permanecía allí sentado, ocioso, escuchando el modo en que el individuo promocionaba su mercancía. Me gustó lo que dijo, siempre en un muy medido.

   Volar y tener que vender el viaje además, entrañaba una cierta tensión. Estaba acostumbrado a ella, pero no por eso dejaba de existir: si no consigo pasajeros, no como. Como en aquel momento podía quedarme sentado, sin que mi almuerzo dependiera del desenlace, aproveché la oportunidad para relajarme, mirar y, quizá aprender algo nuevo.

   La niña también se mantenía apartada, observando. Rubia, de ojos castaños y expresión solemne, estaba allí porque su abuelo estaba. No quería volar.

   En la mayoría de los casos se produce la situación inversa: niños ávidos y adultos cautelosos. Pero cuando uno se gana la vida con ese trabajo también adquiere un sexto sentido, y comprendí que la niña no volaría con nosotros en todo el verano.

   - ¿Cuál de ustedes, caballeros...? - preguntó el hombre.

   Leo se sirvió un vaso de agua.

   - José Manuel le llevará. Yo voy a comer algo. A menos que prefiera esperar.

   - No, señor. Estoy listo para partir. ¿Podemos volar sobre mi granja?

   - Desde luego - asentí -. Bastará que señale en qué dirección desea ir, señor.

   Le ayudé a instalarse en el asiento para pasajeros y le puse el cinturón de seguridad. Después me deslicé en la carlinga posterior, y ajusté mi propio cinturón.

   - Me echas una mano, Leo?

   - Sí. - Se colocó junto a la hélice, sin soltar el vaso con agua -. ¿Qué quieres?

   - Hala despacio. El impulso te la sacará de la mano.

   Siempre que alguien acciona la hélice del Fleet, tira con demasiada fuerza y por complejas razones el motor no arranca. Pero aquel hombre lo hizo girar muy lentamente, como si la conociera de toda la vida. El muelle de arranque chasqueó, las chispas saltaron en los cilindros y el viejo motor se puso en marcha, con la mayor espontaneidad. Leo volvió a su avión, se sentó y entabló conversación con la niña.

   El Fleet levantó vuelo en medio de una fuerte descarga de potencia y pajas arremolinadas. 

   Tres minutos de vuelo y describimos un círculo sobre una granja con establos de color de carbones incandescentes y una casa marfileña en medio de un océano de menta. En el fondo, un huerto con maiz tierno, lechuga y tomates.

   El ocupante de la carlinga delantera miró hacia abajo mientras sobrevolábamos la finca, enmarcada entre las alas y los cables del Fleet.

   En la galería apareció una mujer, con un delantal blanco sobre el vestido azul, saludando con la mano. El hombre contestó el saludo. Más tarde comentarían la nitidez con que se habían visto a través del cielo.

   Finalmente me miró e hizo una inclinación de cabeza. Ya era suficiente, gracias, y que podíamos regresar.

   En el momento en que planeaba para aterrizar, el Travel Air despegó y se dirigió inmediatamente hacia la granja que nosotros acabábamos de dejar atrás.

   Tocamos tierra con un plácido impacto ronroneante y rodamos hasta el otro extremo del campo, junto al camino.

   El motor se detuvo, el hombre se desabrochó el cinturón de seguridad y le ayudé a bajar. Sacó la cartera del interior de la chaqueta y contó las monedas, mientras movía la cabeza.

   - Ha sido un paseo estupendo, hijo.

   - Eso pensamos. Vendemos un buen producto.

   - ¡El que vende es su amigo!

   - ¿Cómo dice?

   - Lo que he dicho. Su amigo sería capaz de venderle tizones al diablo, sí señor. ¿No piensa lo mismo?

   - ¿Por qué lo dice?

   - Por la niña, claro. !Mi nieta volando!

   Mientras decía esto miraba el Travel Air que, como una lejana mota de plata en el aire, sobrevolaba la granja. Hablaba con la serenidad con que lo habría hecho si hubiera notado que en la rama seca del huerto acababan de brotar flores y manzanas maduras.

   - Desde que nació, esa criatura huye despavorida de los lugares altos. Grita. Se espanta. Es tan difícil que la chiquilla trepe a un árbol como que sacuda un avispero con la mano desnuda. Ni siquiera se atreve a subir la escalera del desván, y no lo haría aunque el Diluvio estuviera inundando el patio. Es un prodigio con las máquinas, no les tiene miedo a los animales... ¡pero tiene fobia a las alturas! Y ahí está, volando.

   Observé cómo el lejano Travel Air aumentaba de tamaño, picaba sobre el campo en un ángulo mucho más empinado que el que yo habría intentado con una niña que tenía miedo a las alturas, sobrevolaba el maíz y la cerca y se posaba en un aterrizaje en tres etapas realmente espectacular. Leo debía tener mucha experiencia como piloto para tomar tierra así con un Travel Air.

   El avión fue a detenerse junto a nosotros, sin consumir más combustible, y la hélice traqueteó apaciblemente hasta inmovilizarse. La observé con atención. No había insectos aplastados contra su superficie. Ni una sola mosca estrellada contra la gran pala de dos metros cuarenta.

   Me levanté de un salto para ayudarles, desabroché el cinturón de seguridad de la niña, abrí la portezuela de la carlinga delantera para que saliese y le mostré dónde debía pisar para que su pie no atravesara la tela del ala.

   - ¿Te ha gustado? - pregunté.

   No me prestó atención.

   - ¡Abuelo, no tengo miedo! ¡No me he asustado! ¡La casa parecía un juguete y mamá hacia señales con la mano y Leo dijo que yo tenía miedo porque una vez me había caído y muerto, pero que ya no debo temer! Seré piloto, abuelo. ¡Tendré mi propio avión y yo misma me ocuparé del motor y volaré a todas partes y llevaré pasajeros! ¿Podré hacerlo?

   Leo sonrió al viejo y se encogió de hombros.

   - Él te ha dicho que serías piloto, ¿verdad cariño?

   - No, pero lo soy. Ya me apaño con los motores. ¡Tú lo sabes!

   - Bueno, eso lo hablarás con tu madre. Es hora de volver a casa. 

   Los dos nos dieron las gracias y se dirigieron hacia la camioneta - él andando y la niña corriendo -, transformados ambos por lo que había sucedido en el campo y en el cielo.

   Llegaron dos coches, y luego un tercero, y a mediodía se agolpó la gente que quería ver el pueblo desde el aire. Realizamos doce o trece vuelos tan rápidamente como pudimos, y a continuación fui a la estación de servicio del pueblo, a por gasolina para el Fleet. Después tuvimos algunos pasajeros, y luego unos cuantos más; cayó la tarde y seguimos volando hasta la puesta del sol.

  En alguna parte, un cartel decía 200 habitantes, y cuando oscureció tuve la impresión de que a todos incluso a algunos forasteros, los habíamos paseado por el aire.

   Con el ajetreo de los vuelos olvidé preguntarle a Leo qué había sucedido con la niña, y qué le había dicho él: si había inventado la historia de la muerte anterior de la niña, o si pensaba que era cierta. En alguno de los aterrizajes estudié detenidamente su avión mientras los pasajeros cambiaban de asiento. No tenía ni una marca, ni una gota de aceite en ninguna parte. Aparentemente, volaba esquivando esos mismos insectos que yo tenía que limpiar de mi parabrisas cada una o dos horas.

   Cuando pusimos punto final a la jornada, apenas quedaba un ligero resplandor en el cielo. Y cuando terminé de acomodar los tallos de maiz secos en mi cocina portátil de hojalata, y los hube cubierto con trozos de carbón y hube encendido el fuego, la oscuridad era total y las llamas arrancaban reflejos de colores de los aviones posados cerca de nosotros y de la paja dorada que nos rodeaba.

   Eché una mirada al interior de la caja de provisiones.

   - Las opciones son: sopa, sardinas o spaghettis - dije -. Pera o melocotón. ¿Quieres melocotón en almíbar?

   - Es lo mismo - respondió afablemente -. Cualquier cosa o nada.

   - Hombre, ¿no tienes apetito? ¡Ha sido una jornada de mucho movimiento!

   - No me has dado muchas razones para tener apetito, a menos que los spaghettis sean buenos.

   - Abrí la lata de pasta con mi cuchillo de salvamento, hizo lo mismo con las sardinas, y puse los spaghettis en el fuego.

   Tenía los bolsillos repletos de dinero: para mí, era una de las horas más placenteras del día. Saqué los billetes y los conté, sin preocuparme demasiado por estirarlos. Sumaba ciento cuarenta y siete euros, y en seguida realicé un cálculo mental, operación ésta que no me resultaba fácil.

   - Esto supone... supone... vamos a ver... cuatro, me llevo dos...¡cuarenta y nueve vuelos en una jornada! He pasado la barrera de los cien euros por día, Leo...¡el Fleet y yo solos! Tú debes haber sacado fácilmente doscientos... ¿llevas muy a menudo dos pasajeros por vuelo?

   - Sí, a menudo - asintió -. Y agregó -: Respecto de ese maestro que andas buscando...

   - No busco ningún maestro - respondí -. ¡ Lo que hago es contar dinero! Con esto puedo vivir una semana. ¡No me importa que la lluvia me tenga parado una semana íntegra!

   Me miró y sonrió.

   Cuando termines de nadar en dinero - dijo-, ¿tendrías la amabilidad de pasarme mis spaghettis?

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