(IX) Un pacto místico
Hasta hoy no puedo especificar qué fue lo que se apoderó de mí. Seguramente, la premonición de desastre inminente, que me indujo a alejarme incluso de aquel hombre extraño y curioso que se llamaba Leo. Cuando se trata de confraternizar con la catástrofe, ni el Mesías en persona tiene suficiente poder para hacerme quedar.
En el campo reinaba el sosiego: se trataba de una inmensa pradera silenciosa, desnuda bajo la cúpula del cielo. El único rumor era el de un arroyuelo, pero para captarlo había que forzar mucho el oído. Nuevamente solo. Uno se habitúa a la soledad, pero basta interrumpirla un día para que haya que volver a empezar el proceso de acostumbramiento desde el principio.
- Muy bien, no estuvo mal durante algún tiempo - dije en voz alta, dirigiéndome a la pradera -. No estuvo mal y tal vez tenga mucho que aprender de ese individuo. Pero las muchedumbres me hartan incluso cuando están de buen talante... Y si están asustadas y van a crucificar a alguien, o a venerarlo, entonces lo lamento, ¡ pero no lo soporto !
El discurso me pilló desprevenido. Leo podría haber dicho exactamente las mismas palabras. ¿Por qué se quedó allí? Yo había tenido la prudencia de partir y no era ni remotamente un mesías.
Mente. ¿Qué entendía él por Mente? Fue categórico cuando proclamó: " ¡Todo en el Universo es Mente!", como si sólo con su énfasis pudiera grabarme la idea en la cabeza. Ciertamente era un problema, y yo necesitaba su gracia, pero aún no sabía lo que significaba.
Al cabo de un rato encendí una fogata y me prepararé la cena. La bolsa de herramientas estaba aplastada contra la caja de las provisiones y saqué instintivamente de su interior la llave de dos bocas. La miré, la limpié y la utilicé para revolver el guiso.
Estaba solo, entendedlo bien, sin que nadie me observara, por pura diversión intenté hacerla flotar en el aire, como lo había hecho él. Si la arrojaba hacia arriba y parpadeaba cuando llegaba a su apogeo y empezaba a bajar, tenía la fugaz sensación de que flotaba. Pero luego se desplomaba sobre el suelo o sobre mi rodilla y la magia se disipaba rápidamente. ¿Cómo demonios hacía él, con esta misma herramienta?
Y si todo esto es Mente, señor Leo, ¿ existe la realidad? Porque si no es así, ¿por qué vivimos? Al final me di por vencido, lancé la llave otro par de veces y desistí. Entonces me sentí súbitamente contento, repentinamente feliz de estar donde estaba y de saber lo que sabía, aunque eso no fuera la clave de toda la existencia, ni aún de unas pocas ilusiones.
Había dejado de pensar en los problemas de Leo: carecía de medios para descifrar quién era o qué quería enseñarme; por tanto, dejé de esforzarme y supongo que eso fue lo que me regocijó.
Aproximadamente a las diez de extinguió el fuego, y con él mi energía.
- Allí donde estés, Leo - dije, desenrollando la manta debajo del ala -, te deseo un vuelo dichoso y que no encuentres muchedumbres. Si eso es lo que anhelas. No, retiro lo dicho. Te deseo, querido mesías solitario, que encuentres todo lo que anhelas encontrar.
Me arrebujé debajo de la manta y luego me sentí como si hubieran apagado una lamparilla: abrigado y lúcido bajo el cielo y bajo varios millares de estrellas que tal vez fueran de mentira, pero bellísimas, en verdad.
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Cuando desperté amanecía, entre un resplandor rosado y sombras de oro. No me desveló la luz, sino algo que me rozaba la cabeza, muy suavemente. Imaginé que era un tallo de heno. La segunda vez supuse que era un insecto, le di una violenta palmada y casi me rompí la mano...Una llave de dos bocas es un trozo de hierro muy duro para darle con toda la fuerza, y me despejé rápidamente. La llave rebotó contra la articulación del alerón, se clavó por un momento entre la hierba y luego se remontó majestuosamente para seguir flotando en el aire. Después, mientras la observaba, totalmente despejado, fue a posarse plácidamente sobre la tierra y se quedó quieta. Cuando por fin me decidí a levantarla, comprobé que era la misma vieja llave de dos bocas que yo conocía y estimaba, tan pesada como siempre, tan ansiosa como siempre por encarnizarse con los irritantes tornillos y tuercas.
- ¡Vaya con la maldita...!
Nunca digo <demonios> ni <maldito>. Pero estaba realmente intrigado y no se me ocurrió ninguna otra exclamación. ¿Qué le sucedía a mi llave? Leo estaba por lo menos a cien kilómetros de aquel lugar, más allá del horizonte. Sopesé la herramienta, la examiné, la balanceé, y me sentí como un antropoide prehistórico incapaz de entender la rueda que gira delante de sus ojos. Tenía que haber una explicación sencilla...
Al fin capitulé, ofuscado, la guardé en la bolsa y encendí el fuego para freirme un poco de bacon. No tenía prisa por irme. Podía pasar allí días, si me apetecía.
Me disponía a darle la vuelta al bacon, cuando oí un ruido en el cielo, por el oeste.
No era posible que el ruido procediera del avión de Leo ni que otra persona me hubiera rastreado precisamente hasta ese campo, entre tantos otros similares. Pero supe que se trataba de él y empecé a silbar... mirando el bacon y el cielo y buscando una frase aplomada para saludar su llegada.
Era el Travel Air, efectivamente, que pasó a ras del Fleet, se remontó bruscamente para describir un viraje espectacular y luego planeó por el espacio para posarse a 90 kilómetros por hora, la velocidad a la que debe aterrizar un Travel Air. Acercó su avión al mío y apagó el motor. No dije nada. Agité la mano, pero permanecí mudo. Incluso dejé de silbar.
Salió de la carlinga y se aproximó al fuego.
- Hola, José Manuel.
- Llegas tarde - respondí -. Casi se me quema el bacon.
- Lo siento.
Le pasé una taza con agua del arroyo y un plato con la mitad de bacon y un poco de pan.
- ¿Cómo han ido las cosas?
- Bien - respondió con una sonrisa tenue y fugaz -. Salí con vida.
- Dudé que lo lograras.
Permaneció en silencio.
¿Cómo me había encontrado? Un avión de 8 metros de envergadura no es fácil de hallar donde está, sobre todo con el sol de frente. Pero me prometí a mí mismo que no se lo preguntaría. Si deseaba decírmelo, ya me lo diría.
- ¿Cómo me has encontrado? Podrías haber aterrizado en cualquier lugar.
Había abierto la lata de melocotón y cogía las rodajas con un cuchillo...lo cual no era nada fácil.
- Los iguales se atraen - respondió mientras escurría una rodaja.
- ¿Cómo dices?
- Es una ley cósmica.
- Oh.
Terminé el pan y el bacon y después fregué la sartén con arena del arroyo.
- ¿No te molestaría explicármelo?¿Cómo puedo tener semejanzas con tu excelsa personalidad? ¿O cuando hablaste de los <iguales> te referías a los aviones?
- El vínculo que une a una auténtica familia no es de sangre, sino de respeto y goce mutuo. Aunque es raro que los miembros de una familia se críen bajo el mismo techo. Pero ha llegado el momento de mantenernos unidos - manifestó.
Lo dijo de tal manera que la respuesta fue al mismo tiempo amable y atroz.
- Eh... Leo. Acerca de ese comentario... ¿Quieres tener la gentileza de aclararlo?
- A juzgar por la posición de las llaves de dos bocas que veo en la bolsa de herramientas diría que esta mañana has ensayado el viejo truco de la levitación. ¿Me equivoco?
- ¡Yo no he ensayado nada! Me desperté... ¡la llave me despertó, por sí sola!
- Oh. Por sí sola. - Se reía de mí.
- ¡Sí, por si sola!
- Sabes tanto de obrar milagros, José Manuel, como de preparar spaghettis de lata.
No le contesté. Me limité a sentarme sobre la manta arrollada y me quedé tan callado como pude. Si quería decir algo, que lo dijera cuando quisiese.
- Algunos de nosotros empezamos a aprender estas cosas subconscientemente. Nuestra mente consciente no las acepta, de modo que obramos portentos en sueños. - Miró el cielo y las primeras nubecillas de la jornada -. No seas impaciente, José Manuel. Todos estamos en camino de ilustrarnos. Lo captarás muy pronto y antes de darte cuenta serás un viejo y sabio maestro espiritual.
- ¿Por qué dices que sucederá antes de que me dé cuenta? ¡No quiero darme cuenta! ¡No quiero saber nada!
- No quieres saber nada.
- Bueno, sí, quiero saber por qué existe el mundo, qué es, y de qué va, y por qué estoy aquí y adónde iré a continuación... Quiero saber eso. Y cómo volar sin un avión, si se me antojara.
- Lo lamento.
- ¿Qué lamentas?
- No sucede así. Si descubres lo que es este mundo, cómo funciona, etcétera, automáticamente empiezas a obrar milagros, o lo que la gente denominará milagros. Pero, desde luego, nada en el Universo es milagroso. Cuando aprendes lo que sabe el mago, sus actos dejan de ser mágicos. - Apartó la mirada del cielo -. Tú eres como todos los demás. Ya lo sabes. Sencillamente ignoras, aún, que lo sabes.
- No recuerdo - dije -, no recuerdo que me hayas preguntado si yo quería aprender lo que, sea lo que fuere, ha hecho que las multitudes y las desgracias te buscaran durante toda tu vida. Aparentemente, se me ha borrado de la memoria.
Apenas terminé de pronunciar estas palabras, comprendí que contestaría que lo recordaría más tarde, y que al decirlo estaría en lo cierto.
Se estiró sobre la hierba, utilizando como almohada los restos de harina que quedaban en el saco.
- Escucha, no te inquietes por las multitudes. No podrán tocarte a menos que lo desees. Eres mágico, recuerda: haces ¡puf! y te vuelves invisible y atraviesas las puertas.
- La muchedumbre te atrapó en ese pueblo, ¿no es cierto?
- ¿Acaso dije que no quería que lo hiciera? Yo lo permití. Me gustó. Todos nosotros tenemos algo de sensibilidad, porque de lo contrario jamás evolucionaríamos espiritualmente.
- ¿Pero no has dicho que habías renunciado?¿No leí...?
- Si. Tal y como marchaban las cosas, me estaba convirtiendo el único y exclusivo arregla problemas de la gente a todas horas, y ése es el cargo del que dimití. Pero no puedo olvidar todo lo que aprendí en el curso de tantas vidas, ¿no crees?
Cerré los ojos y trituré una brizna de paja.
- Escucha, Leo. Una vez más, ¿qué es lo que quieres dar a entender? ¿Por qué no te franqueas conmigo y explicas lo que ocurre?
Permaneció un largo rato callado y finalmente respondió:
- Muy bien, te lo diré - dijo -. No fue una coincidencia nuestro encuentro. Entre nosotros dos existe un una especie de pacto místico que tú has olvidado, pero yo no. Nos encontramos hace unos veinte mil años, milenio más milenio menos. Pertenecimos a la misma familia tribal. Nos gusta el mismo tipo de aventuras, cada uno de nosotros aprende con la misma alegría y más o menos con la misma rapidez que el otro. Yo tengo mejor memoria. El hecho de que volviéramos a encontrarnos fue lo que justificó que dijera: <Los iguales se atraen>. Tenemos que tecordarle algo al mundo. Y lo tenemos que hacer pronto.
Asentí, sin comprender completamente el significado de esas palabras.
Permanecí un largo rato en silencio, hasta que finalmente, dije:
- Ya puedes hablar. Di todo eso que tanto anhelas comunicar.
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