(IV) Un sueño esclarecedor
Tropeles y hervideros y multitudes de gente, torrentes de seres humanos precipitándose hacia un hombre colocado en el centro del torbellino. Después, la muchedumbre se convirtió en un océano capaz de ahogarle, pero él, en lugar de ahogarse, marchó sobre las aguas, silbando, y desapareció. El océano de agua se trocó en otro de hierba. Un Travel Air 4000 blanco y dorado bajó para posarse sobre la hierba. El piloto salió de la carlinga y desplegó un cartel de tela: Vuele-3 Euros-Vuele.
Eran las tres de la mañana cuando me desperté.
Se interrumpió el sueño y lo recordé todo, y por alguna razón me sentí feliz. Abrí los ojos y la luz de la luna me mostró el enorme Travel Air posado junto al Fleet. Leo estaba sentado sobre sus mantas enrolladas, en la misma posición que le vi la primera vez, con la espalda apoyada contra la rueda izquierda de su avión. No es que le viera claramente. Pero notaba que estaba allí...
- Hola, José Manuel - dijo parsimoniosamente en la oscuridad -. ¿Te ha explicado eso lo que está ocurriendo?
- ¿Qué es lo que me tiene que explicar algo? -pregunté, aturdido. Aún estaba recordando y no atiné a sorprenderme por el hecho de encontrarle despierto.
- Tu sueño. El hombre y las multitudes y el avión - explicó pacientemente -. Yo avivé tu curiosidad, y ahora lo sabes, ¿no?. La prensa se ocupó de mí: Leo Salvador, a quien empezaban a llamar el Mesías Mecánico, el Avatar del siglo XXI, el mismo que desapareció un día delante de veinticinco mil atónitos testigos oculares.
Lo recordé. Había leído la noticia en un anaquel de periódicos de una aldea, porque figuraba en primera plana.
- ¿Leo Salvador?
- A tu servicio - respondió -. Ahora ya lo sabes, de modo que no tendrás que devanarte los sesos preguntándote quién soy. Sigue durmiendo.
Pensé largamente en eso, antes de volver a conciliar el sueño.
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- ¿Puedes hacerlo...? Yo no creía... Cuando te endilgan una tarea como ésa, se supone que debes salvar el mundo, ¿no es así? No sabía que el Mesías podía devolver sencillamente las llaves, como has hecho tú, y renunciar.
Estaba sentado sobre el carenaje del Fleet y estudiaba a mi extraño amigo.
- ¿Quieres hacer el favor de pasarme una llave de dos bocas, Leo?
Hurgó en la bolsa de herramientas y me la arrojó. Tal como había sucedido esa mañana con las otras herramientas, la que acababa de lanzarme perdió velocidad y se detuvo a treinta centímetros de mí, flotando como si no le afectara la gravitación, después de hacer un perezoso giro en el aire. Sin embargo, apenas la toqué, sentí su peso en la mano y volvió a ser una vulgar llave de aviación de cromo vanadio. Bueno, no tan vulgar. Una vez se me rompió en la mano una palanca barata y desde entonces he comprado siempre las mejores herramientas que había en el mercado...y ésta era una Snap-On que, como sabe cualquier mecánico, no es una llave para usar todos los días. Por su precio, podría ser de oro, pero es un placer empuñarla y puedes estar seguro de que nunca se romperá, cualquiera sea el trabajo para el que la emplees.
- ¡Claro que puedes renunciar! Puedes renunciar a lo que quieras, si ya no tienes ganas de hacerlo. Puedes renunciar a respirar, si lo deseas - hizo flotar un destornillador Phillips, sólo para entretenerse -. De modo que yo renuncié a una situación que no me estaba gustando por el giro que había tomado, y si te parece que me pongo un poco a la defensiva, tal vez sea porque éste es todavía mi estado de ánimo. Es mejor que conservar el trabajo y abotrecerlo. Una persona libre no aborrece nada y disfruta de esa libertad para recorrer todos los caminos que se le antojen. Y esta afirmación vale para todos, por supuesto. Todos somos hijos de Dios, o hijos del Todo, o ideas de la Mente, o como tú quieras llamarlo.
Ajusté las tuercas de la base de cilindros del motor Kinner. El viejo B-5 es una buena fuente de energía, pero estas tuercas tienden a afojarse cada cien horas de vuelo y es prudente adelantarse a los problemas. Menos mal: la primera tuerca que apreté con la llave dió un cuarto de vuelta, y me felicité por haber tenido la sensatez de verificarlas en su totalidad esa mañana, antes de cargar pasajeros.
- Bien, si, Leo, pero yo pensaba que el oficio de Mesías era distinto de los otros, ¿sabes? ¿Acaso Jesús volvería a clavar clavos para ganarse la vida? Tal vez sea simplemente que suena un poco raro.
Reflexionó, tratando de interpretar mi idea.
- No entiendo lo que quieres decir. Lo raro es que no renunciara cuando empezaron a llamarle Mesías. En lugar de pensar en sí mismo al recibir esa mala noticia, intentó razonar: "Muy bien, soy el hijo de Dios, pero todos lo somos. Soy el salvador, ¡pero también lo sois vosotros! ¡Vosotros podéis hacer las cosas que hago yo! Eso lo entiende cualquiera que esté en su sano juicio".
Hacia calor en el carenaje, pero no tenía la sensación de estar trabajando. Cuanto más deseo hacer algo, tanto menos lo defino como un trabajo. Me complacía saber que lo que hacía era evitar que los cilindros pudieran desprenderse del motor.
- Dime si necesitas otra llave.
- No la necesito - respondí -. Y he progresado tanto, desde el punto de vista espiritual, que tus triquiñuelas me parecen simples juegos de salón de un alma modernamente evolucionada. O tal vez de un aprendiz de hipnotizador.
- ¡Hipnotizador! ¡Vaya, eres cada vez más amable! Pero más vale ser hipnotizador que Mesías. ¡Qué trabajo más tedioso! ¿Por qué no me daría cuenta antes de que iba a ser así?
- ¿Has pensado alguna vez, que quizá después de todo no sea tan fácil renunciar, Leo? ¿Que a lo mejor no consigues acomodarte sencillamente a la existencia de un ser humano normal?
Frunció el ceño.
- Tienes razón, sí - asintió, y se pasó los dedos entre el pelo negro -. Cuando me quedaba demasiado tiempo en un lugar, más de un día o dos, la gente se daba cuenta de que yo era un ser "extraño". Rozas mi solapa y te curas de una enfermedad, y antes de que transcurra una semana ahí estoy, nuevamente en medio de una multitud. Este avión me mantiene en movimiento y nadie sabe de dónde vengo ni a dónde iré a continuación, lo cual me cuadra muy bien.
- Tu vida va a ser más difícil de lo que piensas, Leo.
- ¿De veras?
- Sí, nuestra época va claramente de lo material a lo espiritual...y aunque la marcha es lenta, también es portentosa. No creo que el mundo te deje en paz.
- No es a mí a quien quieren, sino mis milagros. Y puedo enseñarle a algún otro cómo se ejecutan: que sea él el Mesías. No le explicaré que se trata de un trabajo tedioso. Además: " No hay ningún problema que, por su magnitud, sea ineludible".
Salté al suelo y me dediqué a ajustar con mucho cuidado las tuercas del tercer y cuarto cilindro. No todas estaban flojas, pero algunas sí.
Siguió hablando, sentado en el heno, atravesándome con la mirada como si yo fuera transparente.
- Quería decirles; Por amor de Dios, si tanto anheláis la libertad y la dicha, ¿Cómo no os dais cuenta de que nada de eso está fuera de vosotros? ¿Es que acaso es tan difícil de entender, José Manuel? Pero la mayoría ni siquiera lo entendian. Milagros... Así como la gente acude a los toros para presenciar las cornadas o a las carreras de coches para presenciar los accidentes, así también acudía a mí para presenciar milagros. Al principio te defrauda, y al cabo de algún tiempo simplemente te aburre.
- Cuando lo planteas en esos términos, la figura del Mesías pierde un poco de su encanto - respondí.
Volví la cabeza y le miré. Tenía los ojos cerrados.
- De modo que lo único que te queda en el mundo es el hastío... no tienes margen para las aventuras cuando sabes que nada de lo que suceda en el mundo te podrá afectar. ¡Tu único problema, Leo, es la falta de problemas!
Pensé que había pronunciado un discurso sensacional.
- En eso te equivocas - respondió -. Explícame por qué abdiqué de mi función... ¿sabes realmente por qué renuncié al trabajo?
- Dijiste que fue por las multitudes. Todos te esperaban para que les reemplazaras en la ejecución de sus milagros.
- Sí. La segunda razón, no la primera. La fobia a las multitudes no representa ninguna cruz. Lo que me harta no son las multitudes, sino ese tipo de multitud que es totalmente indiferente a lo que he venido a decir. Puedes cruzar de un continente a otro sobre el océano, puedes estar sacando eternamente monedas de oro de la nada, y ni siquiera así conseguirás despertar su interés, ¿sabes?
Al decir esto, su expresión reflejó una inmensa soledad, la mayor que yo había visto manifestar a un ser humano viviente. No necesitaba alimentos, ni techo, ni dinero, ni fama. Lo que le mataba era el anhelo de comunicar lo que sabía, cuando a nadie le importaba en la medida suficiente para escucharle.
Frunciendo el entrecejo para no romper a llorar, le miré a los ojos:
- Creo que ahora entiendo a lo que te referías anoche cuando me dijiste: "espero poder transmitirme algunas de las enseñanzas a las cuales nunca llego cuando hablo en público", ¿me equivoco?
- No, no te equivocas - respondió.
- Entonces explícame por qué nunca puedes llegar a ellas en público.
Cada vez que Jesús se levantaba para dirigirse a un público, hablaba a mil años de historia, vivencias y conocimientos comunes. Al fin y al cabo, todo su público era judío. Sólo que no hablaban el mismo idioma. Pero sus pensamientos habían sido formados por las mismas escrituras, las mismas leyendas, la misma concepción del mundo. No tenía que enseñarles quien era Dios, quien Abraham, quien Moisés. No tenía que explicar conceptos tales como profeta, diablo, arrepentimiento, bautismo, escritura, sábado, mandamiento, paraíso, infierno y mesías. Eran ideas conocidas en su cultura. Cada vez que hablaba sabía con absoluta certeza que sus oyentes acudían a él preparados para entender lo que tenía que decirles.
- Sí, eso lo comprendo.
- Jesús no tenía que echar los cimientos cada vez que hablaba. Otros lo habían hecho por él durante cien generaciones, literalmente desde los tiempos de Abraham. Pero yo sí tengo que hacerlo con cada público al que me enfrento. Algunos me escucharon en un pueblo, y luego en otro, pero aún no han oído lo que tengo que enseñar. Todo lo que han oído hasta ahora son los cimientos.. y la casa está muy lejos de estar terminada. Nunca llego al final de lo que tengo que enseñar...en público.
- ¿Por qué no?
- Porque no hay continuidad entre un público y el siguiente. Eso significa que a medida que se suceden las predicciones, menguan los que han estado conmigo desde el principio y aumentan los que desaparecen. Después de cinco o seis intervenciones es inútil continuar. El fin todavía está allí, pero no tengo esperanzas de llegar a él con el público que tengo delante...y mucho menos con el siguiente. Tengo que retroceder y empezar de nuevo - entonces Leo hizo un gesto con la cabeza en mi dirección y añadió -: Y tengo que esperar la ayuda de alguien como tú.
Sentí una punzada de temor ante estas palabras, lo mismo que siento cuando me imagino cayendo de un rascacielos.
Ajusté la última turca y guardé las herramientas.
- ¿A dónde iremos hoy, Leo?
Fuimos hasta mi carlinga y en lugar de fregar el parabrisas, Leo hizo un pase con la mano y los insectos que estaban pegados cobraron vida y se alejaron volando. Su propio parabrisas nunca necesitaba una limpieza, claro está, y ahora sabía que su motor jamás necesitaría mantenimiento.
- No lo sé - respondió -. No sé a dónde vamos.
- ¿Qué significa eso? Tú conoces el pasado y el futuro de todo. ¡Sabes exactamente a dónde vamos!
Suspiró.
- Procuro no pensar en ello.
Durante un rato, mientras me ocupaba de los cilindros me puse a pensar: Caray, bastará que me quede al lado de este hombre y no tendré problemas, no me ocurrirá nada malo y todo saldrá a las mil maravillas. Pero la forma en que lo dijo - "Procuro no pensar en ello" - me trajo a la memoria la suerte que habían corrido los otros Mesías que transitaron por este planeta. El sentido común me ordenó enfilar hacia el sur inmediatamente después del despegue y alejarme de él todo lo que pudiera.
Pero, como dije, se siente uno muy solo cuando vuela sin compañía, como yo, y me sentía contento de haberle conocido, de tener sencillamente un interlocutor que sabía distinguir un alerón de un estabilizador vertical.
Debería haber enfilado hacia el sur. Pero después del despegue me quedé con él y volamos al norte y el este, hacia ese futuro en el que Leo procuraba no pensar...
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