(III) Las enseñanzas públicas y secretas
Se hacía de noche, y permanecí en silencio durante la cena, reflexionado acerca de lo que había visto y oído esta tarde. Después de haber retirado todo de la improvisada mesa, rompí el silencio y, dirigiéndome a Leo, pregunté:
- ¿Por qué has dicho que me esperabas?
La pregunta no le sorprendió. Sonrió de un modo distinto, como de puro placer.
- ¿Conoces la antigua novela china Peregrinación a Occidente?
Negué con la cabeza.
- Es la historia de un pícaro mono de piedra salido, por una especie de casualidad divina, de un huevo de piedra en la cima de una montaña. Tras llevar una vida despreocupada durante muchos años, de repente se dió cuenta de que había muchas cosas que aprender de las que él no sabía nada, y partió para recorrer el mundo en busca de un maestro. Finalmente llegó a un monasterio dirigido por un famoso sabio, que le permitió asistir a las clases con los demás novicios mientras servía como una especie de chico de los recados. Un día, después de muchos años, el maestro preguntó al mono qué clase de sabiduría buscaba. El mono preguntó a su vez qué clases de sabiduría había y procedió a descartarlas una por una a medida que se las describían. El maestro se enfureció, golpeó al mono tres veces en la cabeza con su vara y se marchó airado. Los otros discípulos estaban furiosos, pero el mono no se sentía desalentado porque conocía el lenguaje de los signos secretos y sabía que el maestro le había ordenado que fuera a sus habitaciones a la tercera llamada. Cuando llegó, el sabio alabó al mono por empeñarse en alcanzar una sabiduría más allá de las que otros aceptarían, y le hizo una revelación mágica, tan poderosa que el mono recibió la Iluminación en el acto.
Concedí a Leo un minuto para que siguiera y, al ver que no lo hacía, le pregunté si yo era un mono que él hubiera elegido para recibir una instrucción especial.
- Posiblemente -dijo-. Pero no te he contado la historia por eso.
- ¿Entonces...?
- ¿Por qué tenía el sabio dos clases de enseñanza, una pública y otra secreta?
- No lo sé.
Leo bajó la barbilla hacia el pecho, y me dedicó una mirada irónica que le salía de lo más profundo.
- Piénsalo un poco -me dijo-. Juguemos a descubrirlo.
- ¿Por qué tenía el sabio dos clases de enseñanza? Yo diría que porque no sería un gran sabio si no las tuviera. Las enseñanzas públicas son las que todos reciben, porque son las que se pueden articular. Las enseñanzas secretas son las que no se pueden articular... porque no existen.
- Una respuesta muy buena y muy moderna. La respuesta de un cínico -dijo-, tras asentir pensativamente.
- No me considero un cínico.
- Pero estás completamente seguro de que no hay enseñanzas secretas.
- Completamente seguro.
- Jesús no tenía pepitas mágicas para sus discípulos.
- No.
- Ni Krishna, ni Buda ni Mahoma para los suyos.
- Así es.
- Puedes estar en lo cierto, por supuesto, pero esto no elude el sentido de mi historia.
- Bien, ¿por qué el sabio tenía dos clases de enseñanza?
- Una era un conjunto de enseñanzas que son fáciles de revelar, la otra un conjunto de enseñanzas muy difíciles de revelar. La primera era pública: la clásica enseñanza que recibían todos los acólitos. La segunda era secreta, el conjunto de enseñanzas al que sólo los discípulos excepcionales pueden aspirar...o aceptar.
- ¿Dicho en otras palabras...?
- En otras palabras: las enseñanzas secretas no son las que los maestros guardan para sí. Las enseñanzas secretas son las que a los maestros les cuesta mucho comunicar.
Cabeceé. Tenía que cabecear, maldita sea. Jamás lo he visto escrito, pero está implícito en todos los textos que, aparte de las tradiciones prohibidas (y probablemente ilusorias), como la brujería y la nigromancia, no hay secretos importantes. Hay muchísimas cosas que no sabemos ni sabremos nunca, pero todo lo que necesitamos saber ha sido revelado. Si esto no es así, es decir, si Moisés, Buda, Krishna, Jesús o Mahoma se guardaron algo para sí, entonces la revelación está incompleta; y es por definición inútil.
Dije:
- No estoy seguro de cómo responde esto a mi pregunta inicial. ¿Por qué me esperabas?
- Por la misma razón por la que el sabio invitó al mono. Voy a transmitirte algunas de las enseñanzas a las que nunca llego cuando hablo en público.
- ¿También eres predicador o algo por el estilo? -dije con asombro.
- No exactamente -respondió, esbozando una sonrisa.
- No comprendo. ¿Por qué nunca puedes llegar a ellas en público?
Mi pregunta pareció derrotarlo. Suspiró y miró a su alrededor sin expresión, en una especie de pantomima de la desesperación pedagógica.
- Será mejor que descanses -dijo-. Mañana lo comprenderás todo mejor.
Asentí. Mi mente estaba demasiado obnubilada... demasiado adormecida para pensar con claridad...
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