(I) Mi Diario

   Hoy me he metido en una tienda y he comprado un cuaderno, este cuaderno en el que estoy escribiendo ahora mismo. 

   Escribir no me produce ningún placer. Si pudiera volverle la espalda a la idea agazapada en la oscuridad, si pudiera abstenerme de abrirle la puerta para dejarla entrar, ni siquiera cogería la pluma.

   Pero alguna vez que otra se produce una gran explosión: cristales, ladrillos y astillas atraviesan violentamente la fachada, y un personaje se yergue sobre los escombros, me agarra por el cuello y me dice dulcemente: "No te soltaré hasta que me pongas en palabras, sobre el papel.

   Nunca he llevado (ni he sentido la tentación de llevar) ninguna clase de diario, y ni siquiera estoy seguro de que vaya a llevar éste, pero pensé que podría valer la pena intentarlo. Aunque en teoría escribo sólo para mí, sospecho que todos los que llevan diarios en realidad no escriben sólo para ellos, sino para la posteridad.

   Me pregunto si habrá algún niño en alguna parte que, en algún momento del despertar de su conciencia, no haya añadido a su dirección "El Mundo" y "El Universo". Como yo ya lo hice (hace casi tres décadas), empiezo este diario escribiendo:

   Soy José Manuel Hernández, y cuando has pasado hambre durante algún tiempo, te han embargado el sueldo y te han sucedido cosas por el estilo, te sientes extraño al no tener que trabajar hasta medianoche.

   Con todo, casi ningún verano olvidé a mi antiguo biplano. En el solía sobrevolar los verdes océanos de las praderas de algún lugar del mundo. Cobraba tres euros por pasajero y empecé a sentir que crecía la tensión de contar esta historia.

   Muchas veces, en medio de un campo, me tumbaba boca arriba, vaporizando nubes, y no conseguía sacarme la historia de la cabeza... ¿Qué sucedería si apareciera un auténtico experto, capaz de explicarme cómo funciona mi universo y si hay algún sistema para domeñarlo? ¿Qué sucedería si encontrara a alguien así, con un don sobre las ilusiones del mundo merced a su conocimiento de la realidad que se oculta detrás de ellas? ¿Y qué sucedería si le encontrara en persona, si pilotara un biplano y aterrizara en el mismo prado donde lo hago yo? ¿Qué diría un personaje así, y cómo sería?

Quizá no se parecería en nada a un Siddartha o un Jesús, ni diría nada parecido a lo que dijeron ellos. Pero si fuera cierto lo que me dijo él -por ejemplo, que materializamos magnéticamente en nuestras vidas todo aquello que albergamos en nuestro pensamiento-, estaría justificado, de alguna manera, el que yo haya llegado a este trance. Y lo mismo vale para ti. Si algún día tienes este libro entre tus manos, quizá no sea por pura coincidencia: quizá te hayas topado con él para recordar algún elemento de esta historia.

   He optado por pensar así. Y he optado por pensar que mi Maestro está posado allí, en otra dimensión, y que no es en absoluto ficticio: nos vigila, y ríe porque encuentra divertido que las cosas sucedan tal como las hemos planteado...

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