3. El hundimiento de los Valores
Antes de nuestra era, el coro de desolación que se había formado durante los diez mil años de nuestra vida civilizada estaba compuesta por nueve voces: la guerra, el crimen, la corrupción, la rebelión, el hambre, las epidemias, la esclavitud, el genocidio y el desastre económico. Desde 1960, nuestra propia era encontró una décima voz que añadir al coro, una voz no oída antes, que es la voz de la catástrofe cultural... una voz que gime por la pérdida de la visión, el fracaso de los objetivos y el hundimiento de los valores.
Toda cultura tiene un lugar definitorio en el esquema de las cosas, una visión acerca de dónde encaja en el universo. No hace falta que la gente exprese esta visión con palabras (por ejemplo a sus hijos), porque está expresada en su vida, en su historia, en sus costumbres, sus leyes, sus rituales, sus artes, sus danzas, sus anécdotas y canciones. De hecho, si alguien te pide que expliques esta visión, no sabrás cómo empezar y hasta puede que no sepas de qué te están hablando. Podría decirse que es una especie de canción queda y susurrante que está en tus oídos desde que naciste, que has oído tan constantemente durante toda tu vida que nunca la escuchas conscientemente. La intérprete de esa canción se llama Madre Cultura quien identifica la canción misma como mitología.
Actualmente esta canción ha perdido todo su sentido. Ya no existe Dios en nuestra cultura, lo hemos aniquilado. Nuestras religiones arrastran a todas las almas y las convierten en puros nombres, separándolas y destruyèndolas. Ya no tiene sentido hablar de Dios, el cual es tan solo un posible recuerdo, una posible sublimación que ya nadie dice porque nadie le recuerda, cuando debería de ser Todo.
Ya no hay mitología objetiva en nuestra cultura, como tampoco hay justicia, libertad, bondad ni belleza. Existe un vacío espiritual tan grande en nuestra cultura que da repugnancia observar como se idolatra a los nuevos dioses de la técnica; se venera la eficacia y se inclina, como siempre ha ocurrido, ante el poder.
La naturaleza de nuestra visión criminal, que salpica tanto a individuos como a pueblos enteros, se expande como hija del irracionalismo a través de la ceguera de sus estructuras. El hombre es una mera mercancía, un signo, un sujeto pasivo con el que seguir experimentando, un dato, un esclavo de la cadena productiva, un abono agrícola. Ahora Dios es el dinero, y la economía la nueva metafísica que determina el destino de pueblos enteros. Las ideas económicas configuran la ontología de la vida misma, y disuelven en un mar de sinsentidos a las ideologías del espíritu y a los valores que de él derivan. Nunca el dinero ha tenido tanto poder; nunca ha configurado la existencia de los hombres como ahora. Si no hay amor, si no hay sentimiento del alma, si no se corporiza, si no se intuye lo sagrado, el espíritu se vuelve una quimera y Dios, entonces, deja de existir. Y pocos, muy pocos, tienen el valor de aceptar la Verdad de que no hay existencia que valga la pena si se vive como la vivimos en nuestra civilización.
Cada día soportamos menos esta ilógica e incomprensible realidad, tan intensa es nuestra inseguridad, tan fuerte, tan constante y tan obsesiva, en una cultura cuyos individuos están espiritualmente tan poco desarrollados, que necesitamos de la mentira para poder subsistir en este mundo cruel, falso y sin sentido que hemos construido. Nuestra visión cultural ha despreciado el amor, ha perdido sus huellas, y se ha entregado a la inteligencia analítica y a las ansias de poder.. El poder que otorga el saberse semejantes a Dios; el saberse hijos de Dios.
El famoso mitólogo Joseph Campbell lamentaba el hecho que, en la actualidad, la gente de nuestra cultura no tenga mitología, pero no toda mitología surge de la boca de los poetas y fabulistas que se reunían alrededor del fuego. Otra clase de mitología nos ha llegado por boca de faraones, emperadores, reyes, legisladores, sacerdotes, dirigentes políticos y profetas. Y hoy nos llega desde los púlpitos de las iglesias, desde las pantallas de cine y televisión, desde internet, por boca de los curas, maestros de escuela, comentaristas de noticias, novelistas, autoridades intelectuales.. No es una mitología de relatos exóticos, sino otra que nos cuenta qué pensaba Dios cuando creó el Universo y cuál es nuestro papel en ese universo. Sin esta clase de mitología un pueblo funciona tan mal como un individuo sin sistema nervioso. Es el principio organizador de todas nuestras actividades. Nos explica el significado de todo cuanto hacemos.
Está demostrado hasta la saciedad, que los niños y los adolescentes no pueden crecer y desarrollarse de forma equilibrada y salutífera sin el concurso de una Historia Sagrada que les suministre unas pautas éticas creíbles y razonables. Un tipo de relato que a sus ojos posea respetabilidad, verosimilitud psicológica, autoridad y alcance que confiere la comprensión de los Orígenes.
Puede ocurrir que las circunstancias hagan trizas la visión que una cultura tiene de su lugar en el esquema de las cosas, que hagan que esta mitología pierda su sentido, que ahogue su canción. Cuando esto sucede (y ha sucedido muchas veces), todo se cae a pedazos en esa cultura. El orden y los objetivos son reemplazados por el caos y el desconcierto. La gente se siente huérfana y abandonada a la deriva. Los niños, los adolescentes y los adultos se desvertebran, dan tumbos y palos de ciego, agarrándose a lo que pueden y colocando en un pedestal a los abyectos e inanes idolillos sin dimensión moral que el entorno propone, y acomodan o intentan acomodar su conducta a la conducta de tales mamarrachos, con las deporables consecuencias que todos conocemos y lamentamos. Otros pierden la voluntad de vivir, se vuelven indiferentes, violentos, suicidas y se entregan a las drogas, a la bebida y al delito. El molde que una vez mantenía todo en su lugar está ahora hecho pedazos, y las leyes, las costumbres y las instituciones caen en desuso y no son respetadas, especialmente por los jóvenes, que ven que ni siquiera sus mayores les encuentran ya sentido. Si tú quisieras estudiar a algunos pueblos que fueron destruidos de este modo, no escasean los lugares que podrías visitar en Estados Unidos, África, América del Sur, Nueva Guinea, Australia... en realidad en cualquier parte donde los pueblos indígenas hayan sido aplastados por las ruedas de nuestro monstruo cultural.
O, sencillamente, puedes quedarte en casa.
Ya no hace falta que viajes a los confines de la Tierra para encontrar gente que se ha vuelto apática, violenta y suicida, que se ha entregado a la bebida, a las drogas y al delito, cuyas leyes, costumbres e instituciones han caído en desuso y ya no son respetadas. Nosotros mismos hemos caído bajo las ruedas de nuestro propio monstruo, y nuestra propia visión del lugar que ocupamos en el esquema de las cosas se ha hecho trizas, nuestra propia mitología ha perdido todo su sentido, y nuestra propia canción se ha ahogado en nuestras gargantas. Éstas son las cosas que todos percibimos. No importa a dónde vayamos ni con quien hablemos: con un ganadero de Australia, con un comerciante en diamantes de Amsterdam, con un agente de bolsa de Nueva York o con un conductor de autobuses de Caracas...
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