2.7 Señales de sufrimiento: 1700-1900

   De acuerdo con nuestras religiones reveladas, para salvarse y evitar el fuego eterno, hay que sufrir.. y sufrimos. El fuego siguió ardiendo debajo de la olla de nuestra cultura y la siguiente duplicación de la población tardaría sólo doscientos años en llegar. Al final del periodo había mil quinientos millones de seres humanos, y todos, menos el 0,5%, pertenecían a nuestra civilización, Oriente y Occidente. Sería un periodo en el que, por primera vez, los "profetas religiosos" atraerían a sus seguidores predicando el inminente fin del mundo; un periodo en el que el comercio del opio se convertiría en un gran negocio internacional, patrocinado por la Compañía de las Indias Orientales y protegido por barcos de guerra británicos; un periodo en el cual Australia, Nueva Guinea, la India, Indochina y África seguirían siendo reclamadas o apropiadas como colonias por las principales potencias de Europa; un periodo en el cual millones de pueblos indígenas (de la estirpe de Abel) de todo el mundo serían aniquilados por las enfermedades introducidas entre ellos por los conquistadores (de la estirpe de Caín) y colonizadores de nuestra cultura (sarampión, pelagra, tos convulsiva, viruela, cólera) y millones más serían hacinados en reservas o asesinados para dejar sitio a la expansión de los blancos.


   Esto no significa que sólo los pueblos indígenas estuvieran sufriendo; sesenta millones de europeos murieron de viruela sólo en el siglo XVIII, y docenas de millones murieron con las epidemias de cólera. Necesitaría mucho más tiempo para hacer una lista de todas las docenas de apariciones fatales que la peste, el tifus, la fiebre amarilla, la escarlatina y la gripe hicieron durante este periodo. Y cualquiera que todavía dude de la existencia de una conexión total entre agricultura y hambre necesita solamente examinar la crónica de este periodo: fracaso de las cosechas y hambre; fracaso de las cosechas y hambre, fracaso de las cosechas y hambre, una y otra vez a lo largo y ancho del mundo civilizado. Las cifras son espeluznantes: diez millones de personas perecieron de hambre en Bengala en 1769; dos millones en Irlanda y Rusia en 1845 y 1846; casi quince millones en China y en la India desde 1876 a 1879. En Francia, Alemania, Italia, Gran Bretaña, Japón y otros lugares, decenas de miles, cientos de miles murieron en otras hambrunas demasiado numerosas para mencionarlas.


   A medida que la población de las ciudades aumentaba, la angustia humana alcanzaba niveles que hubieran sido inconcebibles en épocas anteriores, con cientos de millones de personas habitando barrios pobres de inimaginable sordidez, presas de las enfermedades transmitidas por ratas y agua contaminada, sin educación o medios para mejorar. El delito proliferó como nunca y en general fue castigado públicamente: se mutilaba, se marcaba con hierro candente; se flagelaba o ejecutaba a los culpables; la prisión como forma alternativa de castigo se desarrolló más tarde en este periodo. Las enfermedades mentales también proliferaron como nunca: demencia, alucinación, como prefieras llamarlo. Nadie sabía que hacer con los locos. Normalmente eran encarcelados con los criminales, encadenados a las paredes, flagelados, olvidados...


   La inestabilidad económica continuó y sus consecuencias se notaron mucho más que antes. Tres años de caos económico en Francia llevaron directamente a la Revolución de 1789, que costó unas cuatrocientas mil víctimas quemadas en la hoguera, tiroteadas, ahogadas o guillotinadas. Los altibajos del mercado destruyeron cientos de miles de comercios y condenaron a millones a morir de hambre.


   La época también introdujo la revolución industrial, en efecto, pero ésta no llevó desahogo y prosperidad a las masas, sino más bien la explotación totalmente despiadada y codiciosa, con mujeres y niños trabajando diez, doce y más horas diarias por salarios de hambre en talleres, fábricas y minas. Puedes comprobar por ti mismo las atrocidades, si no estás ya familiarizadas con ellas. En 1787 se estimaba que los obreros franceses trabajaban dieciséis horas diarias y gastaban el sesenta por ciento de sus salarios en una dieta que consistía en poco más que pan y agua. Promediaba el siglo XIX cuando el Parlamento británico limitó la jornada de trabajo de los niños a diez horas. Desesperanzada y frustrada, la gente se rebeló por todas partes y los gobiernos respondieron con represión, brutalidad y tiranía sistemática. Sublevaciones generales, sublevaciones campesinas, sublevaciones coloniales, sublevaciones de esclavos, sublevaciones de trabajadores... Hubo cientas, no puedo siquiera hacer una lista de todas ellas. En Oriente y Occidente, gemelos de un mismo nacimiento, fue la época de las revoluciones; decenas de millones de personas perdieron la vida en el transcurso de las mismas.


   Como interación común y habitual entre gobernados y gobernantes, las revueltas y represiones eran algo nuevo, por lo cual comprenderás que eran señales características del sufrimiento de la época.


   El lobo y el jabalí fueron deliberadamente exterminados en Europa durante este periodo. El gran alca de la isla de Edley, cerca de Islandia, fue perseguido hasta su extinción por la obtención de sus plumas, en 1844, y se convirtió en la primera especie aniquilada con fines comerciales.


   En América del Norte, para facilitar la construcción del ferrocarril y socavar la base de la alimentación de poblaciones nativas hostiles, los cazadores profesionales aniquilaron rebaños de bisontes, eliminando hasta tres millones de los mismos en un solo año; en 1893 sólo quedaban mil.


   En esta época, la gente ya no iba a la guerra para defender sus creencias religiosas. Todavía las tenían, todavía se aferraban a ellas, pero las divisiones teológicas y las disputas habían perdido relevancia porque había preocupaciones materiales más apremiantes. El "consuelo" que ofrece la religión es una cosa, pero otra muy distinta son los empleos, los salarios justos, una vida digna, así como condiciones de trabajo dignas, el fin de la opresión, y una débil esperanza de mejoras sociales y económicas.


   No sería, creo, demasiado fantasioso sugerir que las esperanzas que se habían puesto en la religión en épocas anteriores se estaban poniendo en esta época en la revolución y las reformas políticas. La promesa de "una recompensa en el cielo después de la muerte" ya no era suficiente para hacer soportable la infelicidad de la vida en la olla. En 1843 el joven Karl Marx llamó a la religión de nuestra cultura "el opio del pueblo". Desde la mayor perspectiva que ofrece el transcurso de un siglo y medio, sin embargo, es evidente que en realidad la religión no era (ni lo es hoy) ya muy efectiva como narcótico...


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