2.5 Señales de sufrimiento: 0-1200 d.C
El fuego siguió ardiendo debajo de la olla de nuestra cultura y la siguiente duplicación de la población tardaría solamente mil doscientos años. Al final de este periodo había cuatrocientos millones de seres humanos, el 98% pertenecientes a nuestra cultura, Oriente y Occidente. La guerra, la peste, el hambre, la corrupción política y el desasosiego, el delito y la inestabilidad económica fueron elementos permanentes en nuestra vida cultural y como tales permanecerían. Las religiones que predicaban la salvación se habían atrincherado en Oriente durante siglos cuando este periodo comenzó, pero el gran imperio de Occidente todavía saludaba a sus docenas de deidades talismánicas, desde Eolo a Céfiro. Sin embargo, la gente normal y corriente de ese imperio: los esclavos, los conquistados, los campesinos y las masas desposeídas... todos estaban preparados cuando la primera gran religión de Occidente llegó a sus puertas. Fue fácil para ellos imaginar a la humanidad como innatamente imperfecta e imaginarse así mismos como pecadores que necesitaban ser salvados de la condenación eterna. Estaban ansiosos por despreciar al mundo y soñar con una vida dichosa después de la muerte en la cual los pobres y los humildes de este mundo serían exaltados por encima de los orgullosos y los poderosos.
El fuego continuó ardiendo sin vacilar debajo de la olla de nuestra cultura, pero ahora la gente de todas partes tenía religiones que predicaban la salvación, qué les mostraba cómo comprender y soportar la inevitable incomodidad de estar vivos. Los seguidores de estas religiones tienden a concentrarse en las diferencias que hay entre ellas, pero yo me concentro en los puntos que tienen en común: la condición humana es lo que es y no hay esfuerzo por parte nuestra que pueda cambiar esa condición; ninguno de nosotros podemos salvar a nuestra gente, a nuestros amigos, a nuestros parientes, a nuestros hijos o a nuestro cónyuge, pero hay una persona (y sólo una) a quien podemos salvar, y esa persona es uno mismo. Nadie puede salvarte a ti excepto tú mismo y no hay nadie a quien puedas salvar excepto a ti mismo. Puedes transmitir la palabra a otros y ellos pueden transmitirtela a tí, pero nunca irás más allá, ya se trate del budismo, el hinduismo, el judaísmo, el cristianismo o el islamismo: nadie puede salvarte a tí excepto tú mismo. La salvación es lo más maravilloso que puedes conseguir en la vida, y no sólo no tienes que compartirla, sino que ni siquiera es posible compartirla...
De acuerdo con lo que estas religiones han elaborado, si tú no te salvas, entonces tu fracaso es total, aunque otros tengan éxito o no. Por otra parte, si tú encuentras la salvación, entonces tu éxito es completo; de nuevo no importa si los demás lo lograron o no. Y por último, de acuerdo con lo que estas religiones dicen, si tú te salvas, entonces nada más en el Universo tiene importancia. Tu salvación es lo que importa. Nada más, ni siquiera mi salvación (salvo para mí).
La salvación es lo que importa en el mundo: olvídate del dolor, olvídate del hervor, olvídate del agua y olvídate de la olla. Nada tiene importancia sino tú y tu salvación.
Si por si acaso te importa mi opinión al respecto, aquí la tienes: la fe, que es y solo puede ser ciega, garantiza, a diferencia de la razón, una obediencia no menos ciega a quienes, reconociéndolo o no, siguen considerándose reyes o caudillos por la gracia de Dios y actuando como tales...Sin embargo, el saber es más alto que creer, y sólo lo ilógico y absurdo exige y admite fe, mientras que lo sensato y razonable puede y debe ser objeto de conocimiento y entendimiento.
Quién tenga oídos para oír, que oiga...
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